Comerse las emociones es frecuentemente usado como una expresión en la que se supondría que es una conducta inadecuada de nuestra relación con la alimentación. Comer para lidiar con las emociones es algo que va más allá de una conducta inadecuada por la tristeza, el enojo o la frustración.

La comida indudablemente está relacionada como un símbolo emocional en nuestras vidas. La forma en la que se sobrellevan los duelos en muchas ocasiones involucran un cambio en lo que comemos y también en cómo socialmente nos relacionamos con la comida.

Comerse las emociones es frecuentemente usado como una expresión en la que se supondría que es una conducta inadecuada de nuestra relación con la alimentación. Comer para lidiar con las emociones es algo que va más allá de una conducta inadecuada por la tristeza, el enojo o la frustración. Cuando hablamos de cómo la forma de lidiar con nuestras emociones tiene un componente en lo que comemos, parecería que las emociones sólo se reducen a cuestiones negativas, cuando la alegría y la satisfacción son otros ejemplos de emociones que están relacionadas con lo que comemos.

Las pérdidas y los duelos en la vida son situaciones por las que inevitablemente todos transitamos. Los duelos pueden ser desde la pérdida de un ser querido hasta la pérdida de un trabajo, o un cambio de vida que da la sensación de haber perdido algo. Los procesos de duelo bien llevados a cabo son lo que nos permiten sanar y readaptarnos a la nueva situación sin el elemento que acabamos de perder. La comida, aunque parezca trillado, es una forma de llenar ese “hoyo” o espacio que dejó lo que se perdió, aunque sabemos que no se remplaza una pérdida con un helado.

Culturalmente, existe una reciprocidad social en situaciones de duelo o pérdida. Por ejemplo, cuando las personas pierden a un ser querido, es común en diferentes culturas que la comunidad toma las riendas de la alimentación de la familia en duelo. De esta manera, por ejemplo, en el sur de Estados Unidos, en familias judías o en la India, las personas preparan platillos que ofrecen en los días subsecuentes al entierro de una persona. Esto es para que sus dolientes no tengan que ocuparse de la comida de los días posteriores, y para asegurarse de que en la tristeza de la pérdida, por lo menos, tendrán qué comer. Más allá de un sentido pragmático sobre la materialidad de tener comida, estas acciones también tienen un sentido simbólico. Además de la demostración de la solidaridad en la pérdida, es un rasgo común y una situación socialmente incómoda el poder expresar la empatía por la pérdida de alguien. A veces, el expresar la solidaridad por medio de las palabras, se siente como un acto en vano. El vacío que deja la pérdida, entonces, necesita ser llenado por demostraciones de afecto y cariño que de ninguna manera remplazarán lo que se perdió. Pero para ello, el lenguaje universal de la comida resulta uno de los vehículos generadores de vínculos más poderosos.

Es entonces en estos ejemplos cuando vemos que el asociar la comida con los duelos no es necesariamente un mal, sino una forma de vivir el proceso para sanar. En ocasiones, pareciera que los tratamientos para bajar de peso culpan a las emociones como las generadoras del exceso de peso. Las emociones son un factor más del complejo entramado que determina el peso de una persona. La forma de lidiar con las pérdidas en una sociedad cada vez más obsesionada con las ganancias y con el éxito es una asignatura pendiente en la modulación de lo que comemos con lo que sentimos.

Twitter: @Lillie_ML

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.