Sí, un virus. Algo diminuto ante nuestros ojos que ni tú ni yo podemos reconocer, pero con el poder de transmitirse exponencialmente y arrebatarnos la vida de manera simultánea y masiva.

El Covid-19 nos ha recordado que somos iguales; igualmente frágiles y vulnerables, pero que en esa vulnerabilidad radica nuestro mayor poder: el de la empatía. Porque al quitarnos el velo de los ojos, empezamos a ver que tenemos mucho más en común de lo que imaginábamos, que con unas gotitas de saliva podemos contagiarnos igual, enfermarnos igual, sufrir igual y morir en cualquier momento.

No importa dónde vivas, cuántos años tengas, si estudiaste o no, cuantas propiedades o ceros tiene tu cuenta en el banco. Todos somos igualmente humanos y esa fragilidad nos une en lo esencial. Poco a poco vamos redescubriendo que lo que nos une es mucho más fuerte que lo que nos divide. Algo que suena tan lógico, pero en realidad no lo ha sido.

No hay una sola persona en el mundo, cuyos planes no hayan cambiado, no hayan sido alterados por algo tan pequeño como un virus. Como tampoco hay nadie que pueda predecir con exactitud lo que desencadenará todo esto y lo que pasará en seis meses, un año, cinco o 10.

Bastaba una tragedia en cualquier rincón del mundo para poner el hashtag #PrayFor (escriba el país o la ciudad que quiera) y sentir que con eso éramos buenos y compasivos. Una hora después se nos olvidaba el dolor ajeno y seguíamos viviendo como si nada hubiera pasado. Se consumieron hectáreas de bosques y seguimos igual, se derritieron glaciares enteros y seguimos igual.

La tierra nos ha sacudido varias veces, pero como siempre es en lugares diferentes y en momentos distintos, aprendimos a sufrir esporádicamente y de manera rápida. Nuestra memoria tan corta juega en nuestra contra una y otra vez haciéndonos olvidar y desconectándonos de la realidad fácilmente.

Pero esta vez ha sido distinto. No es un gran desastre de la naturaleza o un evento en un territorio específico. De esos parecemos estar vacunados y sentirnos inmunes. Nos creímos el cuento de que dominábamos la creación hasta que un virus nos vino a enseñar la mayor lección hasta ahora. Tuvo que ser algo mucho más pequeño, incluso imperceptible a nuestra vista, pero de mucho mayor alcance y de extremadamente fácil propagación. Sí, un virus. Algo diminuto ante nuestros ojos que ni tú ni yo podemos reconocer a simple vista, pero con el poder de transmitirse exponencialmente y arrebatarnos la vida de manera simultánea y masiva en todas partes del mundo.

Cuando el dolor era de unos cuantos y la tragedia se limitaba a una zona o un país, no lográbamos sentir ni conectar con esa realidad, la veíamos lejana, nos sentíamos ajenos. El virus tuvo que ser de muy fácil transmisión para que nuestro mundo hiperconectado, se convirtiera, en cuestión de semanas, en una pequeña aldea en la que todo se sacudió, se quebró y se alteró para siempre.

Quién podía suponer o pensar que en unos cuantos días todo se vendría abajo. Nuestros planes, nuestras salidas, nuestros proyectos, nuestros negocios, nuestras economía. El virus nos ha puesto de rodillas para recordar de qué tamaño somos y reconocer que no podemos solos. No existen las casualidades en el tiempo y espacio que compartimos. La sacudida resulta buen momento para arrepentirnos, perdonar y pedir perdón, para creer y reconocer que, si juntos nos caímos, sólo juntos podemos levantarnos.

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.