Ocurrió lo que nunca imaginamos, de pronto, la realidad nos sacudió como nunca, a todos, sí, parejo, sin distinciones de ningún tipo.

Atrapados en nuestros apegos, en ídolos falsos y un mar de espejismos, hemos sido presa fácil del engaño, de la mentira, de la manipulación mediática y marquetera. Nos equivocamos enamorándonos de nuestro egoísmo, y nuestros caprichos nos arrastraron a querer todo rápido y fácil.

Creímos erróneamente que las personas y las relaciones eran desechables y que tan pronto nos sirvieran o complacieran, habiendo cumplido su propósito, podíamos cambiarlas por alguien más; úsese y tírese. El utilitarismo llevado al extremo provocó soledad y desolación. Nuestra visión reduccionista, egoísta y ególatra nos hundió en el pantano de la tristeza, la ansiedad y la depresión.

Creímos entonces que bastaba tomar algo, fumar algo, comprar algo para llenar ese vacío sin darnos cuenta de que, con cada mala decisión, con cada mala influencia, con cada capricho cumplido a la fuerza, el vacío se hacía más profundo.

Por momentos, creíamos ser empáticos, hacíamos como que escuchábamos, fingíamos que nos importaba lo que le pasaba a quienes estaban frente a nosotros, mientras veíamos desesperadamente la pantalla de nuestros teléfonos porque importaba más la última notificación en el móvil que la mirada y la emoción de quienes nos rodeaban. No podíamos perdernos el último tuit o el comentario más reciente. No fuera que corriéramos el riesgo de quedar desactualizados como si el mundo se fuera a detener por todo esto.

Y sí, un día sí se detuvo. Ocurrió lo que nunca imaginamos, de pronto, la realidad nos sacudió como nunca, a todos, sí, parejo, sin distinciones de ningún tipo. Nos dimos cuenta de que no vivíamos en el paraíso, nuestra burbuja reventó y nos vimos desnudos. A golpes entendimos que éramos más frágiles y más vulnerables de lo que hubiéramos creído y querido.

Nos sentíamos diferentes y nos veíamos diferentes al resto de las personas, por eso el golpe tuvo que ser brutal y parejo, pues en condiciones normales no lográbamos abrir los ojos. Viendo no veíamos y oyendo no escuchábamos.

Paradójicamente, aunque los países cerraron sus fronteras para contener los contagios, en realidad, las fronteras se borraron, pues el virus nos recordó que somos la misma carne, que somos igual de frágiles. Las lenguas dejaron de importar porque hemos empezado a hablar el mismo idioma: el de la supervivencia, el de la solidaridad, el de la compasión. En el mejor de los casos, volveremos a reconocer ese vínculo natural entre nosotros que las distracciones de un mundo que ha girado en torno al egoísmo nos hicieron perder de vista. Este relato continuará...

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.