Lo más valioso en la vida no se compra con efectivo ni con tarjeta, no se obtiene con un clic o se acumula en un carrito virtual; se gana a pulso, con acciones.

Por momentos hemos creído entenderlo todo, pero de memoria corta y atención dispersa, con facilidad olvidamos lo esencial y lo importante. Porque a la velocidad a la que hemos vivido todo se vuelve pasajero, desechable y efímero.

Cada minuto que pasa corre el riesgo de borrar el anterior; inundados de mentiras y rodeados de manipuladores; ansiosos por ver todo, estar en todo, saber de todo; desbordados por el ruido y los distractores que nos impiden mirar hacia adentro, conocernos de verdad, escuchar nuestra conciencia y nuestro corazón; abrumados por tanta información imposible de asimilar, de digerir, de utilizar para un bien mayor, pues vivimos pensando en qué gano, qué me beneficia, qué obtengo de todo esto.

Competimos por la atención de los demás, queremos el micrófono, el reflector, el aplauso, el like, más seguidores, más comentarios. Y nada es suficiente, nos hemos vuelto insaciables, siempre queriendo más y más. Más atención, más fama, más poder, ¿para qué? Para un día darnos cuenta de que todo eso no importa, que podemos acabar encerrados deseando sobrevivir a una pandemia con la ilusión de algún día volver a encontrarnos y volver a empezar.

Es tal la velocidad a la que hemos vivido y sobrevivido, que una noticia es noticia en un instante, pero en cuanto surge otra, queda en el olvido. Basta ver cómo se comporta nuestro timeline en cualquier red social para darnos cuenta de que cada posteo sepulta al anterior dejándolo casi en el olvido. Todo se vuelve efímero en cuestión de segundos.

Competimos por todo porque no acabamos de entender el verdadero valor de la fraternidad, la cooperación y la solidaridad, queremos siempre el máximo beneficio con el mínimo esfuerzo; ganar lo que sea a costa de quien sea. Para decirlo en términos muy mexicanos, hemos creído equivocadamente que, para ser chingones, hay que chingarnos a los demás hasta que un día, nos llevó la chingada a todos juntos.

Nos enamoramos del dinero y de todo lo que puede comprar, haciendo lo imposible por tener más, pues parece que nunca es suficiente. Hasta que un día, el dinero pasó a segundo plano, pues nos hemos dado cuenta de que no puede comprarnos lo esencial para sobrevivir, ni la salud, ni la paz, ni el amor de quienes realmente importan.

Lo más valioso en la vida no se compra con efectivo ni con tarjeta, no se obtiene con un clic o se acumula en un carrito virtual; se gana a pulso, con acciones no sólo palabras, se cultiva desde el corazón, se cuida, se fomenta, se procura, se vuelve un ejercicio de reciprocidad.

El problema es que antes de la pandemia no teníamos tiempo de cultivar porque la ambición nos dejaba ciegos y si algo no sucedía de manera instantánea e inmediata, lo dejábamos de lado. Aprendimos a ser impacientes, nos malacostumbramos a vivir en la insatisfacción permanente, presos de la ambición desmedida.

Nos volvimos adictos a los estímulos externos, sobre todo a los de la tecnología. Deseosos de dopamina generada por cada estímulo, cada correo, cada notificación, cada mensaje, cada nuevo seguidor o comentario. Nos sobrecalentamos al punto de tener que (RE) setearnos y apagarnos para no acabar quemados.

Dejamos de ser pacientes para convertirnos en máquinas productoras y consumidoras de todo lo que generara ganancias o placer instantáneo sin pensar en el día después ni en las consecuencias. Siempre buscando los beneficios máximos, los mejores rendimientos, haciendo cálculos, siendo presos de la razón, del orgullo, del cinismo.

Lo que no vemos o calculamos, lo descartamos, lo que no genera ganancias, intereses o comisiones lo suficientemente atractivas, simplemente hay que desecharlo, no vale la pena ser considerado. Nuestros parámetros han estado equivocados, nuestro criterio se ha reducido a lo mínimo. ¿Y el bien común? Por favor, eso suena a título de un verso recitado por religiosos o personas de otra época. Este relato continuará...

@armando_regil 

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.