Qué rápido pasó el gobierno mexicano de la estampita religiosa para proteger al Presidente de todo mal a llenarse la boca presumiendo que la potente industria farmacéutica mexicana y un poderoso empresario sí saben para qué sirve el microscopio electrónico que usan en Oxford.

Del pensamiento mágico a la ciega creencia en la ciencia y de ahí a la promesa fácil gubernamental. Si en la ciencia se cree, estamos en el mismo maldito hoyo. En la ciencia no se cree. En la ciencia se confía cuando hay suficiente evidencia de que el conocimiento generado es sólido y fue probado, testado, comprobado y vuelto a someter a cuestionamiento para ver si resistía.

Que los funcionarios mexicanos de alto nivel, sobre todo en cancillería, se vanaglorien afirmando con la mano en el corazón (porque desde ahí se cree) que en el primer trimestre del próximo año habrá vacuna para los mexicanos y que el gobierno la comprará a cuatro dólares pero que costará ni un peso a los ciudadanos de esta noble tierra, es un exceso. Ni Slim lo frasea así; para él es un riesgo que vale la pena correr porque si sí, qué maravilla.

Qué cerca estamos de la vacuna y qué lejos estamos de la ciencia; la única, la que no es nacional ni ancestral ni mexicana ni imperialista, sino universal. Lejos de interesarnos en los procesos que ahora dan esperanza a nuestra dinámica civilizatoria, lejos de informarnos si la proteína de pico del coronavirus podrá ser canalizada con un vector adecuado; si la protección dará inmunidad o debilitará el efecto de este coronavirus. Lejos estamos de preguntarnos si una vacuna podrá servir para todos los coronavirus de una vez por todas y para siempre (una de las más de 160 que están en la carrera ofrece ya una perspectiva optimista al respecto). Hay poco interés en ello y más en la bola de cristal: “¿será para abril o para mayo?”

No me malentiendan. No busco que el Presidente o el supersubsecretario se pongan a dar clases de ciencia, sino que se interesen en ella y replanteen su prioridad.

La investigación y la divulgación de la ciencia en México están atoradas. Si se trata de un panfleto sobre la moralidad no dudan en encontrar siervos de la nación y militantes eclesiásticos dispuestos a llevar la palabra a cualquier rincón detrás de las montañas, pero a la ciencia le regatean.

El presupuesto de 2020 da menos del 0.4% de gasto del PIB a la investigación científica. ¿Es poco? Es nada. La ley obliga al uno por ciento y los países con los que nos codeamos invierten 2.5 por ciento. La cosa se pone peor si volteamos a ver a los privados. Los pocos pesos que pone el tacaño gobierno representan 7 de cada 10 monedas que se invierten en ciencia. En otras palabras: los empresarios están dormidos y no tienen incentivos.

El momento no es ideal para hablar de innovación fiscal y rumbo educativo, pero nunca lo es. Si no lo tomamos en serio, el presupuesto 2021 vendrá con un rubro para estampitas y no tendremos ningún microscopio electrónico.

kg

Ivabelle Arroyo

Politóloga

La Sopa

Ivabelle Arroyo Ulloa es politóloga y analista, con 24 años de trayectoria periodística. Es jurado del Premio Alemán de Periodismo Walter Reuter en México. Dirige una revista digital sobre política capitalina y escribe para medios jaliscienses.