El semáforo sigue en rojo. Estamos, aceptémoslo, en alerta máxima. El riesgo para todos es muy alto y no se ha aplanado ni mucho menos domado la curva de muertes ni la de contagios en todo el país. Digan lo que digan, declaren lo que declaren, hagan lo que hagan, viajen donde viajen, ésta es la necia realidad que tanto disgusta al presidente de México. Al momento de escribir este texto nuestro país acumula más de 11,000 fallecimientos por Covid-19. Estamos muy preocupados y muy tristes.

Mientras el señor López Obrador hace inauguraciones innecesarias de proyectos absurdos y giras para alimentar sus clientelas, millones de mexicanos nos preguntamos cómo vamos a sobrevivir a la gran debacle económica que estamos ya enfrentando y, pregunta más seria, hasta cuando terminará esta pesadilla.

La mayoría de los mexicanos hemos pasado por diversos estados de ánimo: la negación, el temor, el enojo, la ansiedad, la depresión. A pesar de considerar tradicionalmente estas emociones como nocivas para nuestra salud física y mental, todas ellas, cuando podemos controlarlas, constituyen un sistema de alarma psicobiológica de nuestro organismo, que resulta de vital importancia para mantener nuestra integridad psíquica  e incluso física. Son, podríamos decir, alertas para la supervivencia.

Lo que nos produce mas angustia son aquellas experiencias que percibimos como ineludibles, de las que no podemos escapar y que tenemos que enfrentar por terribles que estas sean. Cuando nos sentimos amenazados, temerosos, frustrados, impotentes o cuando fracasamos o estamos a punto de fracasar, cuando enfrentamos situaciones no experimentadas y por lo tanto inciertas, nos sentimos embargados por la angustia. Este sentimiento, por desagradable que sea, puede ayudarnos a salir adelante de momentos limite y nos defiende de ser irresponsables o incluso temerarios. Eso sí, cuidado si la angustia se convierte en una emoción permanente: cuando la intensidad y la duración de este sentimiento son excesivas, estamos en problemas y debemos buscar ayuda rápidamente.

Nuestro cerebro tiene una participación decisiva en este tipo de trastornos ya que existen en él diversas sustancias o neurotransmisores que están relacionados tanto con la generación como con el alivio de la angustia, y que pueden regularse con distintos medicamentos. En una zona cerebral conocida como locus ceruleo o lugar azul se procesa una buena cantidad de la noradrenalina cerebral (sustancia emparentada con la mas popular adrenalina), que participa en la generación de la sensación de miedo y ansiedad. El locus ceruleo envía información y la recibe por nuestros receptores y órganos de los sentidos. Es una parte de nuestro cerebro que genera y manda datos a distintas partes del sistema nervioso y actúa como un sistema de alarma capaz de ponernos en acción y de filtrar y discriminar   estímulos potencialmente nocivos, tanto internos como externos. El estado de alerta, el asombro, la sensación de peligro inminente, la angustia, el miedo, el pánico y el terror se procesan en buena medida en esta zona azulada del cerebro que difunde estas emociones a través de todo nuestro organismo. El latido muy rápido de nuestro corazón, la sensación de ahogo, la sudoración repentina y muchos otros síntomas son consecuencia de lo que sucede en nuestro cerebro cuando estamos miedosos, ansiosos o angustiados.

Muchos de los medicamentos que se prescriben para bajar los niveles de ansiedad y/o angustia –los ansiolíticos– reducen el trafico de mensajes que viajan a través de vías y, al descongestionarse éstas, nos sentimos mas tranquilos y serenos.

Sólo un médico puede recetarnos estos fármacos; nunca debemos de autorrecetarnos y menos abusar de ellos.

Vivimos tiempos muy difíciles. Ojalá la angustia nos ayude y estemos activos y dispuestos para las batallas diarias contra la adversidad. Lo peor que puede pasarnos es que nuestras emociones nos paralicen.

Una mirada inteligente y reposada ante los graves problemas que hoy vivimos nos permitirá tomar decisiones mas acertadas y que no pongan en riesgo nuestra salud y la de nuestras familias. Necesitamos una intensa serenidad –si es que es posible– que nos dé la posibilidad de seguir adelante. Sin miedo no hay valentía. Aun en un entorno de locura, irresponsabilidad o megalomanía, no olvidemos que el miedo puede convertirse en el asesino de nuestra resolución para enfrentar hoy la dureza innegable de la realidad.  

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Tere Vale

Psicóloga

Columna invitada

Psicóloga, conductora, escritora, comentarista de Grupo Fórmula.