Todo lo que parecía impensable sucedió. De pronto, TODO se detuvo. Uno por uno como fichas de dominó, los países han caído y con ellos no hay nadie que esté exento. La humanidad entera está sufriendo lo que nunca imaginamos, y estamos aprendiendo que en verdad somos uno; porque todo está conectado y todos estamos conectados.

Nunca imaginamos que el mundo entero podría detenerse por completo, parar en seco, un día, dos, un semana, un mes, dos; que las calles podrían vaciarse en tantas ciudades. Parecía inconcebible que todo lo que se movía a un ritmo y a una velocidad imparables se detuviera por completo y por tiempo indefinido. Todos los lugares donde solíamos encontrarnos se quedaron vacíos. Dejamos de vernos afuera para empezar a vernos por dentro, de encontrarnos entre nosotros para reencontrarnos con nosotros mismos.

Un virus nos ha obligado a hacer alto total. Somos testigos de lo que nunca hubiéramos imaginado. Durante días y semanas se acabaron las diferencias entre nosotros. Dejó de importar el lugar de nacimiento o residencia, el color de piel o del pasaporte, la edad o condición. Todos somos igual de humanos, de frágiles y vulnerables ante un virus que vino a recordarnos, en medio de un quebranto profundo, que era hora de hacer alto total para revalorar la vida, para replantearnos todo, para reimaginar el mundo, redirigir nuestra atención, nuestra energía y el rumbo de nuestras elecciones y decisiones; en pocas palabras, para reinventarnos y renacer como humanidad en sincronía perfecta con la naturaleza. El dolor nos ha hecho uno.

En otros momentos habíamos sufrido, pero en parte y por partes. Tragedias habíamos superado, habíamos sido testigos de desastres naturales, terremotos, tsunamis, incendios masivos, derretimiento de glaciares, explosiones de volcanes, inundaciones, sequías, tormentas de nieve y de granizo imparables. Nada de eso fue suficiente para detenernos a todos juntos al mismo tiempo. Lamentábamos lo que otros estaban sufriendo, pero siempre, o casi siempre, lo sentíamos lejos, nos sentíamos ajenos.

Esta vez la perspectiva se convirtió en dolor y la realidad nos ha alcanzado a todos por igual. No hay dinero, ni poder, ni influencia capaz de comprar la inmunidad a este shock. Por primera vez en la historia, nos pasó a todos juntos y al mismo tiempo. Los avances extraordinarios en la ciencia y la tecnología crearon un sueño que se desvaneció por completo, el de la inmortalidad. Ese cuerpo, al que pusimos por encima del espíritu, está quebrantado. Se acabó la ilusión de jugar a ser Dios, de querer estar en todas partes y actuar como si fuéramos invencibles e inmortales. Nuestra humanidad se ha impuesto y nos ha puesto de rodillas para volver la mirada al cielo y suplicar al padre.

La amenaza a nuestra vida y a la continuidad de nuestra existencia nos sacude para despertarnos de un largo sueño. La anestesia dejó de funcionar y nos vemos obligados a abrir los ojos para ver lo que en condiciones normales nos era imperceptible. Por momentos llegamos a pensar que es una pesadilla, pero abriendo los ojos, nos damos cuenta de que la verdadera pesadilla era seguir inmersos en esa dinámica de indiferencia, egoísmo, apatía y toda clase de excesos.

El balde de agua helada que nos cayó a todos juntos nos obliga a despertar, nos devuelve la esperanza de abandonar esa pesadilla para volver a nacer y volver a empezar; para abrir de nuevo los ojos, la conciencia, el corazón y dejarnos transformar por el amor verdadero, eterno y divino. Ése que nos dio la vida y nos llamó a existir para cumplir cada uno con una misión especial. Ése que en el camino hemos olvidado a ratos o permanentemente.

Sin duda ha sido una experiencia desconcertante y traumática, pero sería más continuar en el letargo en el que sobrevivíamos. Mientras el cuerpo sufre, el espíritu renace para recordarnos esa dimensión que muchas veces olvidamos y que es hoy la que nos sostiene, la que nos anima a ser resilientes, fraternos, solidarios, creativos, pacientes, compasivos y a mantener el optimismo a flote. El dolor del otro se vuelve nuestro, nos hacemos uno en el sufrimiento del cuerpo y renacemos juntos en el espíritu.

Twitter: @armando_regil

Armando Regil Velasco

Licenciado en Negocios Internacionales

Ágora 2.0

Licenciado en Negocios Internacionales graduado con mención honorífica por el Tec de Monterrey. Estudió Economía y Políticas Públicas en Georgetown University. Cuenta con diversos diplomados de institutos como: la University of International Business and Economics de Beijing.