A 40 grados a la sombra, preocupado por su cuenta de luz y por sus familiares sin trabajo, extrañando a su esposa, a quien mandó fuera por un reciente asalto en el que perdieron casi todo, pero esperanzado en los pocos clientes que llegan a su pequeña tienda, es como vive don Pedro, un viejo amigo al que saludé después de jugar una cascarita de futbol con madres de Tabasco el fin de semana pasado. Con el mayor decrecimiento económico del país, ni un solo empleo generado en los últimos años, inseguridad, pérdida de inversiones y altas tarifas eléctricas, los tabasqueños estamos de rodillas esperando ser escuchados, rogando participar de una solución a la peor crisis vivida en el estado. Hoy, mi tierra, la tierra del presidente, el antes llamado edén de México, es un infierno.

Tabasco es una entidad privilegiada por su ubicación geográfica, la entrada al sureste mexicano cuenta con uno de los puertos de altura más importantes de Latinoamérica, además de su gran riqueza de recursos naturales, sitios arqueológicos y culturales. Pero eso no ha sido suficiente, ya que la difícil situación que atraviesa el estado se ha reflejado en el modo de vida de los tabasqueños. Más de 50% de nuestra población está en situación de pobreza, con condiciones críticas en infraestructura de drenaje, agua potable y energía eléctrica y casi 1 millón de ciudadanos sufren de carencia alimentaria.

Recientemente, el Inegi confirmó que, por decimocuarta vez consecutiva, Tabasco registró una caída en su PIB, esta vez de 10.4%, demostrando que hoy somos la peor economía del país y la entidad con la mayor tasa de desempleo (7.4%); además, somos una de las 10 entidades a nivel nacional que más gasta en energía eléctrica, algo que se ha convertido en un serio problema para todos los tabasqueños. En consecuencia, los niveles de inseguridad han aumentado considerablemente, colocándonos en el primer lugar en asaltos con violencia en el país.

¿Cómo ayudar a la tierra del presidente, al estado que durante años subsidió al país entero con sus entonces ricos yacimientos petroleros? Sólo hay un camino para Tabasco: inversión, inversión y más inversión; misma que sólo se puede tener con confianza, transparencia y condiciones competitivas. En ese sentido, reconozco que la refinería en Dos Bocas es un proyecto que nos da esperanza, pero la realidad es que necesitamos al menos 10 proyectos de ese tamaño para recuperar los empleos perdidos en los últimos años.

Como madre, esposa e hija, apoyo totalmente al presidente al querer impulsar el crecimiento económico de mi estado; sin embargo, lo que me parece inaceptable es que la refinería no cuente, hasta la fecha, con los estudios de factibilidad que mandata la ley, especialmente derivado del anuncio de que serán Pemex y la Sener los encargados de construirla. Tenemos mano de obra calificada y la ingeniería mexicana es orgullo nacional, pero no coincido con mi paisano Andrés Manuel, al encargarle una obra de tal magnitud a la empresa petrolera más endeudada del mundo, y mucho menos a la inexperimentada secretaria Nahle.

Mi tarea como diputada federal ha sido vigilar el cumplimiento de los compromisos del gobierno federal con Tabasco y sobre todo velar por la transparencia. Sin embargo, esta decisión, sin planeación ni apego a la legalidad, más allá de promover inversión, genera incertidumbre y desconfianza, convirtiendo esta obra en un monumento a la transparencia, pero transparencia color chapopote. Es hora de que el presidente deje de escuchar las mentiras de sus asesores y empiece a escuchar a sus paisanos, que lo único que queremos es hacer equipo para recuperar el Edén que merecen todos los mexicanos.

SorayaPérez

Economista

Entre Números

Expresidenta de la Federación de Colegios de Economistas de la República Mexicana A.C.