El amor en tiempos de los sandinistas. El presidente López Portillo ofrecía al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN): petróleo, cereales, medicinas, materiales de construcción, pupitres, pizarrones, cuadernos y helicópteros para la Cruzada de Alfabetización. Por si fuera necesario algo más, el presidente del PRI, Gustavo Carbajal, pactaba en el restaurante La Hacienda de los Morales la primera contribución del partido al Grupo de los Doce sandinistas: 50,000 dólares. ¿Qué necesitan más? ¿Préstamos de emergencia? No habría problema. El secretario de Hacienda, David Ibarra, abriría la chequera en el momento necesario.

Era 1979, 19 de julio. El amor por el FSLN era redentor. López Portillo enviaba el avión Quetzalcóatl II a Costa Rica para recoger a miembros del gabinete revolucionario con el objetivo de trasladarlos a Managua. Un día después, jurarían en un salón del hotel Camino Real de la capital de Nicaragua para que, acto seguido, ocupar la Casa de Gobierno.

Insisto, el amor por el movimiento sandinista estaba de moda. El secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, también lo apoyaba por “instrucciones” del señor presidente.

En agosto de 1979, cuenta Sergio Ramírez, viajó a México junto a Daniel Ortega. Gustavo Carbajal los invitó para que se encontraran con López Portillo. Al llegar a México se dieron cuenta que no le habían avisado al secretario de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda. “Ah, caray, ¿y cuándo vienen?” Les dijo el canciller. “Pero nos recibió don Jorge en el hangar presidencial, nosotros ya en poder del jet privado de Somoza recuperado en Miami, al son de La Negra que tocaba un conjunto de mariachis” (Adiós muchachos, Sergio Ramírez, editorial Alfaguara).

El cambio de siglo no ha pasado por la mente de Daniel Ortega. Decrépito, repite su discurso antiimperialista con dificultades. Sus palabras no logran asimilarse a julio del 2018. Si viviéramos en 1979 serían totalmente comprensibles sus palabras. Hasta ese momento ningún país de América Latina había sido víctima, como Nicaragua, de tantos abusos e intervenciones de Estados Unidos. Sólo basta recordar que en 1855 William Walker, nacido en Tennessee, se proclamó presidente de Nicaragua apoyado por una falange de ladrones.

Pero el 2018 no es 1979. Ortega, frente a las cámaras (por separado) de CNN, Fox, Telesur y Euronews, demuestra que ya no cuenta con facultades mentales para sincronizar sus mentiras, es decir, para ser consistente con el mensaje que desea implantar. A una le dijo que los paramilitares que están reprimiendo y matando, en realidad es policía comunitaria; a otra le dijo que era un grupo de “derecha” interna; a otra, que son financiados por Estados Unidos.

A las cuatro cadenas de televisión les dijo que hay una fuerza injerencista que lo quiere golpear. ¿De qué injerencia habla? La que tuvieron México, Costa Rica y Panamá, en Nicaragua, durante 1979 fue evidente. En la actualidad, preocupan los silencios de Argentina, Colombia, Chile y México.

¿En dónde están sus bríos con los que formaron el Grupo de Lima para escapar del inmovilismo de la OEA, y así, articular acciones contra Venezuela?

Es una vergüenza. Nicaragua se está desangrando.

Fausto Pretelin

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.