Hace poco más de 20 años, cuando se negociaba el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), Estados Unidos y Canadá encontraron muchas facilidades en una gran cantidad de sectores industriales mexicanos, con excepción de uno donde se toparon con pared.

No había manera de lograr una apertura en el sector energético mexicano, porque las telarañas ideológicas eran en ese entonces mucho más fuertes que el evidente fracaso del modelo estatista del petróleo y la electricidad.

Eran aquellos tiempos en que los energéticos eran un cuello de botella para Norteamérica, tanto así que Washington no había dudado en meterse en una primera guerra con Irak por aquellos años.

Y ciertamente que Estados Unidos consiguió un trato preferencial en materia energética, pero no la posibilidad de desarrollar con capital ese sector en México. De hecho, al año de entrada en vigor del TLCAN, el gobierno de ese país consiguió una garantía más de contar con petróleo mexicano cuando consiguió en garantía las facturas petroleras para salvar la economía mexicana del error de diciembre.

A dos décadas de distancia, las cosas han cambiado radicalmente, Estados Unidos sigue con amplios requerimientos de petróleo, pero ahora tiene en su propio territorio un desarrollo industrial energético sin precedentes.

En México, la telaraña patriotera que sostenía el mito petrolero se rompió con las evidencias de vivir en la mediocridad de un sector energético mal explotado y atado de manos. Hoy vivimos un proceso de cambio que depende de las leyes secundarias.

Pero el discurso de una reunión de evaluación del TLCAN en estos momentos ya es otro. México resultó el gran perdedor energético durante los 20 años, por su calidad de cliente cautivo de combustibles, por la nueva independencia energética de Estados Unidos y por la necesidad mexicana de conseguir inversionistas que acepten las reglas del juego que están por escribirse.

Es, sin duda, el tema energético el que le puede dar viabilidad de otras dos décadas al acuerdo. La sinergia energética es la que puede realmente integrar a la región, ahora que México está en esta nueva fase de apertura.

Cualquier mejora a la relación comercial trilateral tiene que darse a nivel ejecutivo, sin pensar en complementos al texto del acuerdo vigente.

El segundo aire del TLCAN tiene que llegar de manera paralela al acuerdo, porque está claro que no se le va a tocar ni una coma. Y también parece sensato pensar que ninguno de los tres mandatarios estaría en condiciones de ir a sus congresos a buscar un nuevo acuerdo.

Puede ser que el primer ministro canadiense, Stephen Harper, sea el que tenga el panorama político más tranquilo y estable en estos tiempos. Pero en el caso de Barack Obama, de Estados Unidos y Enrique Peña, de México, tienen ahora momentos complejos frente a sus legisladores.

En el caso de Obama, además de la pésima relación que tiene con los republicanos, tiene en la congeladora las reformas financieras que garanticen que en el mediano plazo se corrija definitivamente el enorme déficit fiscal que sigue pensando en esa economía. Y en el caso de México, aunque hay una buena relación entre el presidente Peña Nieto y los diputados y senadores, la agenda está muy cargada como para añadir este año una iniciativa del tamaño de otro acuerdo comercial trilateral.