Ayer se llevó a cabo la Cumbre de los países del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN o NAFTA, por su sigla en inglés) en Toluca. El TLCAN cumplió 20 años de haber entrado en vigor el 1 de enero de este año y resulta casi necesario hacer un breve recuento de sus virtudes, beneficios, costos y limitaciones.

El TLCAN ha tenido un impacto muy importante en términos de comercio internacional entre los tres países que conforman la región. Sin embargo, en el caso de México el TLCAN parece haberse quedado corto vis à vis las expectativas de que sería la punta de lanza para convertir a México en una economía desarrollada.

Aunque tal vez las expectativas fueron demasiado ambiciosas, uno de los hechos irrefutables enfatizado por los detractores del TLCAN es que el nivel de vida para la gran mayoría de los mexicanos no ha tenido una mejora tangible en los últimos 20 años.

Aunque el TLCAN ha tenido un impacto positivo muy tangible en varios sectores, su contribución no ha sido suficiente por sí sola para transformar a México en una economía desarrollada, o por lo menos para cerrar la brecha ante sus dos principales socios comerciales.

El porcentaje de la población que vive en pobreza y pobreza extrema es muy similar al de 1994. Así mismo, la economía mexicana sigue teniendo el mismo tamaño respecto a la de Estados Unidos que hace 20 años. La realidad es que a pesar de avances importantes en varios rubros México ha quedado a deber en el frente del crecimiento económico. De acuerdo con datos del FMI, México es actualmente la economía número 11 del mundo; casi el mismo lugar que hace 30 años.

A pesar de esta realidad, sería injusto achacar esta situación únicamente al TLCAN, ya que hay muchos otros factores que han frenado el desarrollo de nuestro país.

TLCAN o no TLCAN, el crecimiento de México ha estado obstaculizado por el mismo factor esencial durante los últimos 30 años: la productividad. Durante este lapso, la productividad ha crecido a una tasa promedio anual de 0.7 por ciento. Este estancamiento no se debe al TLCAN, sino principalmente a la falta de voluntad política para impulsar cambios en un marco regulatorio viciado y anacrónico en varios sectores claves, el cual fomenta la corrupción y la búsqueda de rentas en lugar de la competencia.

Sin embargo, por primera vez en décadas, México está haciendo un esfuerzo por reformar el marco regulatorio para impulsar la competitividad, la productividad y la inversión. Los primeros pasos fundamentales se han dado con las reformas estructurales, pero el reto principal viene en su implementación y ejecución.

México debería de ser un beneficiario natural del cambio de paradigma económico en China, heredando parte importante de la fortuna manufacturera de ese país.

El país tiene todo para convertirse en la central manufacturera de Norteamérica, pero para lograr eso debe seguir empujando los cambios estructurales que le permitan ser más productivo y más competitivo.

México debe modernizar la relación con sus socios comerciales tanto en el TLCAN como en otros acuerdos para tomar ventajas del nuevo entorno regulatorio doméstico y las tendencias globales.

A diferencia de lo sucedido en los últimos 20 años, durante los próximos 20 todos estos cambios estructurales y relaciones comerciales deberían profundizarse y traducirse en más crecimiento, más oportunidades de empleo y un mejor nivel de vida para la población.