El bochornoso espectáculo ofrecido por las cuatro cabezas de lista de las principales formaciones políticas de este país en los últimos cuatro meses y medio, que ha terminado como muchos nos temíamos desde un principio, es decir, en la convocatoria de unas nuevas elecciones generales para el próximo 10 de noviembre, nos deja algunas lecciones de calado que conviene no olvidar en el futuro... ni por parte de los ciudadanos, ni por parte de estos políticos.

Encontramos desde el primer instante a un presidente en funciones que aspiraba a ser el próximo inquilino del Palacio de La Moncloa durante los próximos cuatro años... sin hacer una sola concesión. En su cabeza había una única obsesión: “Soy el más votado, tengo el encargo del rey, y a mí, y sólo a mí, corresponde el derecho indiscutible de gobernar”. Pedro Sánchez no es un ingenuo y era consciente de que, con 123 escaños, más el incondicional cántabro del grupo de Miguel Ángel Revilla, no se va ni a la esquina más cercana. Pero procrastinó durante demasiado tiempo... ese vicio tan español. Consumió minutos, días, semanas, esperando que los demás se quemasen.

Peor le fue con Podemos. Aquellos a los que casi todos consideraban los socios preferentes del PSOE erraron la táctica desde el principio, y teniendo razones para exigir ministerios, una presencia en el gobierno proporcional a su resultado en las urnas, se enredaron en cuáles y quienes debían ocuparlos. ¡La táctica, señores... la táctica! ¡Con lo fácil que lo tenían! Iglesias soportó el bochorno de un veto férreo desde la primera reunión a su presencia como vicepresidente, Irene Montero estuvo a punto de tener más suerte, aunque su virtual aspiración a la vicepresidencia duró 48 horas.

Albert Rivera (Ciudadanos), por su parte, ha tenido que soportar fortísimas presiones por sostener su veto inicial a Pedro Sánchez. Poderosas fuerzas internacionales, con el Palacio del Elíseo a la cabeza, se han creído durante este tiempo con derecho a intervenir en el backstage de la política española; también el IBEX y las fuerzas que manejan el “sistema” en España.

Dejo para el final a Pablo Casado, porque ha sido quien menos se ha movido. Le han ayudado sus éxitos —y algo de suerte— en conseguir el gobierno del ayuntamiento y de la Comunidad de Madrid. Sus arriesgadas apuestas personales dieron sus frutos. Pero en estos últimos y cruciales días le han faltado también rapidez y reflejos. Se ha notado mucho que quería, él también, unas nuevas elecciones en las que, todo el mundo lo sabe, será el principal beneficiado.

Al final, estos cuatro aprendices de estrategas han fracasado a los ojos de todos los españoles —que no quieren pasar de nuevo por las urnas— y han estado a punto de comprometer seriamente la figura arbitral del jefe del Estado. ¡Qué papelón para el rey Felipe VI!

En resumen: políticos incapaces a los que, desde hoy, repito, retiro el calificativo de líderes. Cuartas elecciones en cuatro años, todo un “record”. La abstención será galopante. Los españoles castigarán algo al PSOE, no me cabe duda, dejarán a Podemos más o menos como está, harán que tal vez Ciudadanos recorte algo su representación y beneficiarán fuertemente al PP de Casado.