En México mientras más se defendía al peso como un perro, más se devaluaba y más profunda era la crisis.

Por eso es que desde 1995, en que se implementó la libre flotación, las crisis económicas ya no han tenido origen en la caída de la paridad fija de la moneda mexicana.

Desde entonces a la fecha nos hemos enfrentado a crisis económicas, como la desatada tras los atentados del 2001, crisis regionales en Brasil, Rusia, etcétera. Y una gran recesión mundial desatada desde el 2007.

Pero lo que ahora vemos es el efecto secundario de una medicina experimental que promete causar más estragos financieros cuando la Reserva Federal de Estados Unidos (Fed) dosifique la cantidad de dólares disponibles vía el aumento en las tasas de interés.

Y está claro que llevamos 20 años de tranquilidad cambiaria gracias a la libre flotación. Tranquilidad que no implica invulnerabilidad ante el comportamiento de una variable como la cambiaria, que tiene relación directa con la inflación.

La aparente inocuidad de la depreciación del peso frente al dólar durante este año no significa que no debamos sorprendernos, preocuparnos y hasta enojarnos con ver como pagábamos 13 y ahora 17 pesos por un billete verde.

Pero si alguien no se puede quejar de ver el dólar tan caro son precisamente aquellos que tienen la facultad y la obligación de mantener el poder de compra de la moneda mexicana. Y poder de compra no significa que alcancen los ahorros en el shopping de Miami, sino que la inflación no se afecte por este precio de cambio.

Y digo que no debe haber queja porque en el momento que haya incomodidad con el tipo de cambio al interior de la comisión que integran el Banco de México (Banxico) y la Secretaría de Hacienda lo que tiene que haber es acción.

México se dedicó a preparar una trinchera de dólares, vía las reservas internacionales y la línea contingente del Fondo Monetario Internacional, que ha funcionado muy bien y que ha evitado contener la depreciación con el costo del dinero.

Pero el anticipo de que vienen episodios de volatilidad más intensos en adelante que ven al interior de la Junta de Gobierno del Banco de México es algo que hay que tomar en cuenta.

Por eso, más que sorpresa, lo que los banqueros centrales están demostrando, unos más que otros, es la necesidad de dar un siguiente paso en defensa del poder de compra del peso.

No es volver a soltar a los perros para defender una paridad, es evitar que se vuelva inevitable el traspaso de la depreciación a los precios, más ahora que el mercado cambiario está en una muy agradable dinámica de crecimiento robusto. Están mostrando el acero de sus espadas monetarias y podrían adelantar la posibilidad de sacar el otro armamento que respalde al peso, el de las tasas de interés.

La muestra es que el Banxico subirá su tasa hasta que lo haga la Fed, pero esta preocupación que ahora dejan ver los banqueros respecto a la debilidad del peso puede ser la señal de un posible adelanto, en el remoto caso de que el banco central estadounidense no subiera la tasa el 16 de diciembre.