Es un hecho que cualquiera que llegue a la Presidencia intentará hacer cambios estructurales, porque ni siquiera, en el caso de la candidata del partido en el poder, aceptaría una continuidad lineal de lo que hay hasta ahora.

Como en otros procesos electorales presidenciales previos, no parece que en esta ocasión pudiera haber un privilegio de las propuestas sobre los temas banales o los ataques legales o sucios.

Pero es un hecho que, entre líneas, han dejado ver cuáles serían sus prioridades para esa ventana de oportunidad que se abre tras un triunfo electoral.

En el caso de los candidatos Peña Nieto y López Obrador, hay cierta inclinación hacia los temas energéticos como los principales a sacar en la agenda del trabajo ejecutivo – legislativo.

Quizá, en el entendido de que modificar el esquema petrolero vigente requiere del mayor desgaste político para un gobierno, echan ese tema por delante.

En el caso de la candidata Vázquez Mota no queda del todo claro cuál podría ser su primera iniciativa que deba transitar por un Congreso que desde ahora se antoja dividido.

Es un hecho que si el PAN repite por tercera ocasión tendría también por tercera ocasión consecutiva un PRI enojado, rencoroso y bloqueador. Más el eterno lastre de las llamadas izquierdas.

Pero en el caso energético, el abanderado amarillo buscaría la reasignación de varios miles de millones de pesos para la construcción inmediata de cinco refinerías, quizá con la idea de que hacia el final de su sexenio se inauguraran.

Mientras tanto, seguiría la importación de combustibles, más la ausencia de esos recursos en otros rubros del gasto. Esta idea me parece una muy desafortunada.

Mientras que el candidato de Atlacomulco muestra claramente sus intensiones de propiciar una mayor participación del capital privado en Petróleos Mexicanos. Una idea que bien apuntalada en cuanto a las atribuciones de los particulares es una excelente opción.

Sin embargo, si fuera el caso que Peña Nieto gobernara y propusiera un cambio así, los grupos de la izquierda no dejarían rastro de su actitud amorosa con la que embaucaron a varios en las precampañas y buscarían encender el Congreso y las calles.

Dependería, en ese escenario de la victoria peñanietista, de la actitud de los panistas ante una derrota electoral.

Lo cierto es que para hacer modificaciones en el sector energético, ya sea bajo el planteamiento de un gasto excesivo para construir refinerías o para la apertura de ciertas actividades al sector privado, el primer paso es la liberación fiscal de Petróleos Mexicanos.

Con la carga fiscal actual no hay forma de hacer gran cosa con la industria petrolera. Pero para liberar a Pemex de esa enorme loza de sostener la tercera parte del gasto público hay que buscar remplazos de ingreso y eso se llama reforma fiscal.

Por lo tanto, un cambio tributario debería ser primero o al menos simultáneo a la reforma energética.

Pero si se cambia la forma de obtener recursos, también se tiene que cambiar la manera en que se gastan éstos. De otra manera. Los recursos adicionales que se pudieran obtener por la vía tributaria serían mal gastados. Eso impone una reforma hacendaria, definitivamente paralela a la fiscal.

Y si de gastar se trata, diputados y senadores saben hacerlo a manos llenas, así que hay que modificar las reglamentaciones del Congreso. Y ya de paso, revisar la manera en que el Poder Judicial ejerce sus recursos.

Pero un cambio en la forma de ganar y gastar implica un cambio en la forma de relacionarse de la Federación con los estados y municipios. Porque hay atribuciones fiscales que deberían ejercer las entidades y hay la necesidad de un reparto más equitativo del dinero público, pero con controles en la forma de gastar.

Eso significa una reforma en la relación de los niveles de gobierno. Y cuando los estados hagan cuentas verán que uno de los principales problemas que arrastran es el de sus diferentes sistemas de pensiones y jubilaciones.

Así que se impondrá una revisión a fondo de los múltiples sistemas de retiro que hoy prevalecen como bombas de tiempo.

En fin, que la lista de cambios pendientes es tan larga que realmente vale la pena preguntar: ¿cuál será la primera reforma estructural del próximo gobierno?