El Fondo Monetario Internacional y algunos gobiernos de países de la Unión Europea han resaltado la comparación del exitoso rescate de la economía mexicana ante su crisis financiera de diciembre de 1994, con la operación de ayuda económica para Grecia anunciada hace un par de semanas.

Su intención es justificar, utilizando ese antecedente exitoso, la decisión de la comunidad mundial de comprometer recursos por 1 billón de dólares para apoyar a la economía griega y eventualmente, si ello resultara indispensable, a las de otros países considerados como vulnerables por sus elevadas deudas públicas y privadas y sus abultados déficit fiscales.

La pretendida comparación resulta insensata por las muy distintas condiciones que existían en México hace tres lustros y las que hoy prevalecen en los países mencionados:

Las finanzas públicas de México en 1994 estaban equilibradas, gracias a los denodados esfuerzos por limpiarlas después de muchos años de gasto público deficitario e irresponsable.

Por el contrario, los países europeos señalados como peligrosos (Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España, PIIGS), tienen todos ellos déficit fiscales superiores a 10% de su PIB.

La deuda externa de México estaba en lo fundamental resuelta en 1995.

Los pasivos públicos se habían renegociado exitosamente en 1990, eliminando el yugo que impidió el crecimiento de la economía, desde que México entró en suspensión de pagos en 1982. La deuda externa del sector privado, de 20,000 millones de dólares, cifra gigantesca en esa época, se había renegociado exitosamente, gracias a un mecanismo por demás ingenioso concebido por Miguel Mancera, a la sazón cabeza del Banco de México.

Por contra, las deudas de los sectores público y privado de los países europeos cuestionados es gigantesca y creciente, lo que los pone en la difícil, pero fatal frontera entre la iliquidez y la insolvencia.

La crisis mexicana incluyó una severa devaluación de la moneda, que pasó de 3 a 9 pesos por dólar. Ello y la apertura al comercio internacional coronada con la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, resultaron en una notable reacción del aparato productivo exportador.

Grecia y el resto de los países en cuestión, miembros de la Unión Monetaria Europea, adoptaron al euro como moneda común y, por lo tanto, carecen de la opción de devaluar. Ello significa que el indispensable ajuste para restaurar su competitividad se tendrá que dar en un contexto de estancamiento económico y con medidas que eleven la productividad de sus trabajadores, lo que implica, por fuerza, menores salarios y prestaciones. Lo anterior está ya provocando las generalizadas y violentas protestas que hemos atestiguado en los países mediterráneos.

La apuesta en el caso de México en 1995, en la que el presidente de EU, Bill Clinton, se jugó el prestigio de su gobierno, era que la crisis mexicana, provocada por la torpeza de un nuevo gobierno inexperto y arrogante, no tenía causas de fondo y que se podía derrotar a los especuladores que apostaban a la debacle con la cantidad apropiada de fichas .

Entonces se pusieron en juego recursos combinados del Tesoro de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional (FMI) y, a regañadientes, de Japón y los países europeos, por poco más de 50,000 millones de dólares, alrededor de la mitad de los dineros ofrecidos hoy a Grecia, país cuya economía es de la cuarta parte del nuestro.

La jugada en 1995 funcionó y la recuperación de la economía mexicana se dio en tiempo récord. Apenas seis trimestres después de la peor caída del PIB registrada en los anales de su historia, la economía mexicana estaba en pleno restablecimiento, lo que no significa que no hubiera costos elevadísimos como la quiebra de la banca y su rescate con recursos públicos.

Lo que importa resaltar de esta comparación; sin embargo, es que en el caso de Grecia y el resto de los países que irremisiblemente le seguirán a una moratoria de su deuda, no se ve posibilidad alguna de que haya una recuperación económica que se asemeje a la ocurrida en México

en 1996.