“Nada es deshonesto para aquellos que ganan”, dice Shakespeare en Enrique IV y esa parece ser la divisa de algunos gobernantes, incluso en momentos de crisis.

La verdad es que los seres humanos no hemos sido muy eficientes en el pasado para enfrentar y resolver las crisis. Las hemos sobrevivido, apenas, pero los costos han sido enormes, aun teniendo los recursos para minimizar los daños, en la gran mayoría de los casos no lo hemos hecho. De manera simplificada, digamos que hay tres maneras de abordar una crisis: 1) ignorarla, a ver si se resuelve sola, pero las malditas no tienen la costumbre de resolverse a sí mismas. 2) Declarar que se está resolviendo o ya se resolvió, aunque no sea cierto. Digamos que esto tampoco funciona, pero aquí depende de la capacidad del demagogo en turno para sacar raja de una situación determinada. 3) Resolverla. Como las crisis no tienen palabra de honor y esta del Covid-19 menos aún dada su pertinaz forma de regresar, hay que hacer lo necesario, aunque sea todavía más costoso en términos económicos, sociales y políticos. Por supuesto, a ninguna población le entusiasma que le diga su gobierno que tendrá que hacer sacrificios durante un tiempo (que puede ser largo o corto). En nuestros pocos milímetros de corteza cerebral conceptos como “futuro” y “sacrificio” no combinan. Apenas estamos saliendo de la inmediatez del resto de los mamíferos (aunque hay que decir en abono de la previsión de los leopardos que suelen guardar comida para después).

Por supuesto, hay una cuarta manera de enfrentar una crisis: empeorarla. En eso somos especialistas. Y sobre el Covid-19 hay varios ejemplos mundiales: Bolsonaro, quien dijo que el asunto se estaba “sobredimensionando”, que era “una pequeña crisis”, una “fantasía”, una “gripecilla”. El resultado fue que Brasil tardó en implementar medidas y está en el tercer lugar en contagios y segundo en muertes, en términos absolutos. Europa tiene su equivalente en la figura de Boris Johnson, pero, sin duda, el campeón de todos es Donald Trump, quien ha minimizado el problema, ha mentido y está haciendo una guerra comercial y declarativa contra China.

Por esto, al inaugurar la 75ª Asamblea General de la ONU, el secretario general, António Guterres, dijo que el mundo se enfrenta a un momento histórico debido al coronavirus y señaló que los líderes deben guiarse por la ciencia (la de a deveras) y no por sus impulsos populistas y nacionalistas. Pero el multilateralismo y la cooperación internacional salieron a patadas de la Asamblea cuando tocó el turno de hablar al presidente de los Estados Unidos.

El Donald aprovechó la reunión para hacer un acto de campaña culpando a China por el virus y exigiendo a la ONU que obligue al país asiático a rendir cuentas por infectar al mundo; de paso, aseguró que la Organización Mundial de la Salud (OMS) está virtualmente controlada por el gobierno chino. Por supuesto, se autoelogió por la forma en que ha manejado la pandemia sin mencionar que su país ya rebasó las 200 mil muertes.

Por su parte, Merkel y Macron reivindicaron el papel de la ONU en la cooperación internacional y en la resolución de problemas como el del coronavirus. El mandatario francés señaló que el mundo no se puede reducir a la confrontación entre China y Estados Unidos y la canciller alemana subrayó la necesidad de la cooperación internacional en los momentos críticos.

No puede dejar de mencionarse el discurso del presidente López, de México. Entre algunas menciones a las libertades y a los derechos humanos, hizo un relato de lo importante que considera la 4T y su papel en el devenir histórico del país (frase como de los libros de texto). Su correlación (¿sacada de Wikipedia?) entre Benito Juárez y Benito Mussolini fue desafortunada, pero reveladora. Por su contenido, se puede decir que sólo tiene un discurso: el que todos los días dice en las mañanas. También el de López fue un discurso para el consumo interno, pero sus palabras de inicio muestran su extravió: reivindicó las culturas indígenas, pero acerca del papel de la colonización la redujo a la barbarie y el exterminio. Una simplificación de república bananera.

El discurso de Trump (y los de López) nos hablan de esta cuarta forma de resolver una crisis, es decir, empeorándolas. Pero no se crea que empeorar una crisis es un mal negocio, no. Si no puedes resolver una crisis por el consenso (ni Trump ni López quieren hacerlo), lo mejor es arengar desde la confrontación.

Y sí, leo y escucho todos los días discursos razonables que llaman al presidente a la unidad y a la concordia, como si lo que hiciera fuera involuntario o producto de un error. No.

La división puede agravar problemas, pero gana elecciones.