Como muchos, ya estoy hasta la madre de las campañas electorales: miles de spots que inundan el espacio de radio y televisión y que no le dicen nada a los potenciales electores y que, por lo mismo, generan bloqueo cerebral en la audiencia; sesudos y no tan sesudos artículos de opinión en los diferentes periódicos destacando las bondades y/o maldades de los candidatos por parte de expertos politólogos que opinan sobre la manera de peinarse de los candidatos, para al día siguiente especular sobre cómo le podría ir a la selección mexicana en los tres partidos que jugará en el mundial en la primera fase y cómo impactará ello en el ánimo de la población y en el voto, para al tercer día dar una opinión, obviamente informada, sobre el proceso de cambio de coloración de los camaleones en función del color del chaleco que se pongan, para al cuarto día opinar, cual expertos que son en cronobiología, sobre el impacto de la gravedad de la luna sobre las mareas en los océanos y cómo impactará ello en el resultado electoral en función de en qué fase del ciclo lunar nos encontremos el día de las elecciones y al quinto día (sólo porque descansan sábado y domingo) se convirtieron por arte de magia en sesudos analistas económicos, internacionalistas, sociólogos, psicólogos, juristas, médicos y, por qué no, hasta sexólogos.

Estoy hasta la coronilla, como muchos lo deben estar, de la cascada de insultos en las redes sociales y de los niveles de intransigencia a los que hemos llegado, de observar cómo familiares e íntimos amigos se bronquean cuando hablan de tal o cual candidato. Estoy hasta la madre de las cadenas en Whatsapp de verdades, medias verdades, postverdades y abiertas y flagrantes mentiras sobre cada uno de los aspirantes a ser presidente. Estoy hasta la madre de bots y trolls. Estoy hasta la madre, como muchos lo deben estar, de un proceso electoral muy largo, muy sucio y muy caro.

Y mientras estamos en esto, todos los días suceden diversos eventos que parecerían nimios, en donde cada uno por sí solo no parecería tener un impacto significativo, pero que a la hora de agregarlos adquieren relevancia en el bienestar de la población e, inclusive, afectan el proceso de desarrollo económico; cosas que son importantes, pero que nadie atiende. Me refiero solo a uno: el capital social.

Observamos en varias partes del país el marcado deterioro del denominado “capital social”. La mayor parte de la gente sólo confía en su círculo familiar cercano y a veces, sólo a veces, en algunos amigos y conocidos. Existe una marcada desconfianza hacia terceras personas y, sobre todo, hacia muchas instituciones y organizaciones. Una sociedad no puede efectivamente prosperar sin una cantidad mínima de capital social. No somos ermitaños, no vivimos en autarquía, no somos autosuficientes, nadie puede vivir rascándose solamente con sus propias uñas. Como animales sociales que somos, los seres humanos requerimos cooperar con los otros miembros de la sociedad porque es de esa misma cooperación que se deriva el desarrollo económico y el aumento en el bienestar. Es la cooperación, en la familia y en el mercado, lo que permite la especialización de acuerdo con las ventajas comparativas que cada quien posee y obtener un beneficio, individual y social, del intercambio resultante.

Educación, civismo y respeto al marco legal son esenciales para aumentar el capital social. Necesitamos confiar en nuestros congéneres y en nuestras instituciones, ya que de lo contrario no habrá progreso pero, para como estamos, se ve complicado lograrlo; eso importa y mucho.

IsaacKatz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.