Todos sabemos que la Ciudad de México es un ensamble abigarrado de ideologías, lo cual puede ser un valor de pluralidad. Pero cuando esa pluralidad se manifiesta en un ejercicio constitucional, la consecuencia puede ser la esquizofrenia y la disfunción gubernativa. Sobre todo cuando la Asamblea Constituyente, por artes de una astuta ingeniería política, logró reproducir de manera más o menos representativa el diverso y contradictorio mapa político-ideológico de la ciudad. Ahí actúan acólitos delirantes del populismo ciudadano, feligreses del caudillo en boga, algunos liberales, ambientalistas extraviados, idealistas religiosos, conservadores sobrios y racionales, pragmáticos funcionales, personeros de poderes fácticos y representantes de una izquierda institucional de inocultable vocación clientelar. Es un complejo vector cuya resultante es el empate; es decir, caprichosa distribución de visiones del mundo en el articulado constitucional. La Constitución CDMX es en verdad una apasionante visualización de las culturas políticas que pueblan la ciudad. La imagen es caleidoscopio de principios, de instituciones y de visiones del mundo, aunque, con un déficit evidente de coherencia, salpicado de arrebatos doctrinarios. Pero así es la ciudad, y sólo reconociéndolo, puede gobernarse.

Por ejemplo, es alucinante advertir que la Constitución CDMX invoca y materializa reservaciones indias en la ciudad (comunidades indígenas), creadas por simple declaración o autoadscripción. Sí: la ciudad estará balcanizada en pequeños feudos indígenas soberanos y con autodeterminación territorial y en recursos naturales -en el siglo XXI- y dentro de una metrópolis globalizada y cosmopolita y de acuciantes desafíos de adaptación demográfica, económica y tecnológica. Las consecuencias de este delirio indigenista son impredecibles. Por otro lado, la Constitución CDMX pretende correctamente densificar la ciudad en un paradigma de verticalidad y diversidad en los usos del suelo. Pero, al mismo tiempo consagra al síndrome NIMBY (not in my back yard) como principio rector urbano al hacer vinculantes las consultas vecinales. Ningún vecino votará por cambios de uso del suelo que permitan la construcción de edificios de departamentos y oficinas, equipamientos e infraestructuras urbanas en su colonia. Es la vecinocracia, que cree que la suma de los intereses de grupo equivale al interés colectivo en la ciudad.

La Constitución CDMX impone una cascada de derechos humanos que representarán un incontrolable gasto corriente (incluyendo renta básica para todos), sin prever el origen de los recursos fiscales necesarios. La presión fiscal consecuente no encontrará alivio en la inversión privada en servicios públicos, la cual se bloquea.

Quiere riqueza qué distribuir a los pobres mas cancela avenidas de renovación urbana, crecimiento y prosperidad en la ciudad. Aspira a una vivienda digna para todos pero adopta un principio jurídico equivalente al de las rentas congeladas, que llevó a la ruina a buena parte de la ciudad central en décadas pasadas. Espera una recaudación fiscal que le permita captar lo necesario para financiar el torrente de derechos que plantea, y, sin embargo, promueve la informalidad. Instituye derechos a servicios públicos pero se rehúsa a financiarlos con tarifas que permitan recuperación de costos en inversión y operación. Se propone una ciudad ordenada pero da facultades al congreso local para decidir sobre usos del suelo, fuente indecible de responsabilidades difusas y corrupción. Quiere garantizar el derecho al agua para todos pero bloquea canales de participación privada, sabiendo que el gobierno es incapaz de lograrlo. Se propone sustentabilidad en el manejo de residuos pero mantiene el ineficaz monopolio del sindicato de limpia.

Esto es sólo una muestra de rasgos esquizoides en la Constitución CDMX. Aunque, ¡momento!, ventilar visiones y contradicciones de una manera ordenada e institucional es avance valiosísimo, que no debe subestimarse. Con la Constitución CDMX, estamos entrando los capitalinos a una necesaria mayoría de edad, reconociendo nuestras diferencias, por primera vez. Nos queda ahora procesarlas.