Recuerdo como si fuera ayer una presentación que hice hace casi 20 años en Nassau sobre el impacto de la consolidación en el mercado de telecomunicaciones. En aquellos tiempos, se vivía un glamour desbordante caracterizado por el continuo despilfarro de dinero por empresas que pensaban que una vez construyeran sus redes de telecomunicaciones los clientes aparecerían mágicamente.

Eran tiempos donde los límites no existían y un exorbitante positivismo se plantaba como principal protagonista de toda una industria. El futuro se colocaba en el presente, sólo se tenía que hacer el esfuerzo de atraparlo. Mientras ese ejercicio, como piedra de Sísifo, se comprobaba como fútil, los modelos de negocios se saltaban la estructura de costos o elementos tan sencillos como el mercado potencial del servicio o producto.

Hablar de consolidación bajo ese manto no era ser pecador, era ser ignorante. ¿Cómo atreverse a hablar de consolidación en medio de tanta abundancia?

Al cabo de unos pocos años, ante la debacle financiera que arrastró a tantas empresas, el tema de la consolidación ya no era insulto. Pero tampoco se había convertido en un ejercicio que dependía de una sencilla fórmula de medir cuáles eran afinidades estratégicas de dos entidades antes de negociar su fusión.

Otros elementos como niveles de deuda, composición de accionistas, regulación en los mercados en que se presenta y estrategia a corto y largo plazo también comenzaron a posicionarse como elementos a ser considerados dentro de cualquier transacción. Sorpresivamente, el tema de la cultura no se consideró importante en las negociaciones de consolidación y expansión de algunas empresas. Para ellos con ofrecer un servicio bastaba, había una separación tácita entre la cultura local y alguien que le interesa vender minutos de voz, paquetes de datos o servicios de Internet.

Sin embargo, el elemento cultural parece que paulatinamente se hace presente ante tantos reclamos que en los pasados 20 años se han ido escuchando a través de los distintos mercados de la región la explicación de los problemas que enfrenta una empresa se reduce a un “nunca han logrado entender cómo hacer negocios aquí, imponer modelos importados sin amoldarlos a una realidad local no sirve” y seguramente no servirá en un futuro cercano.

Tal vez sea por esa razón que grandes empresas multinacionales no han podido mantener operaciones en un Caribe no hispano parlante o que la transición de gigantes de otras geografías a la latinoamericana no haya sido tan exitosa como inicialmente pensada. Tampoco hay que olvidar los esfuerzos de quienes han tratado desde estas orillas crear un imperio en el viejo mundo sin siquiera haber podido acariciar la totalidad de una lágrima.

Así como me aventuré hace dos décadas en Bahamas a afirmar, la consolidación apunta a la creación de operadores que quieren convertirse en un punto de ventas único. La diferencia de mi visión del mercado de entonces al de ahora es que mientras en ese momento pensaba que ese punto de ventas se limitaba a servicios de acceso, ahora pienso que el objetivo final e inmensamente más complejo es ser un punto de ventas único de servicios de valor agregado.

Aquí sólo me queda esperar, dicen que la historia es cíclica y queda muy claro que existe una sobrepoblación de proveedores de valor agregado y otros tipos de contenido. Tarde o temprano alcanzaremos un punto de inflexión para esos servicios dando pie a una nueva ronda de consolidación 2.0 en la que las tuberías no se limitarán a un modelo tan sencillo como peligroso de permitir que terceros generen gran parte de los datos que correrán por sus redes.

*José F. Otero tiene más de 25 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es en título personal.

José F. Otero

TIC y Desarrollo

José F. Otero tiene más de 20 años de experiencia en el sector de las TIC. Esta columna es a título personal.