El país parece estar sumido en una confusión total sobre el rumbo que debe seguir el combate a la delincuencia y el crimen organizado.

Ya hemos comentado en otros artículos el absurdo que contiene el reclamo al Estado del cese a la violencia, cuando ésta se genera por el crimen organizado y no por la acción de las fuerzas legitimadas, que tienen como obligación impedir que el crimen organizado se apropie de los espacios de convivencia social.

En esta confusión, hay quien propone que las fuerzas del orden institucional de plano dejen de actuar como si ésta fuera la solución a un problema multifactorial, cuya peor fase es la que asoma.

Por otra parte, no podemos estar de acuerdo con que el Estado mexicano se convierta en policial por encima de los principios de legalidad, democracia y justicia social.

Los estados policiales en la experiencia histórica siempre terminan en la represión y el autoritarismo.

Refresquemos la memoria con el régimen de Pinochet en Chile y el de Videla, Galtieri y compañía en Argentina.

La confusión mencionada en líneas anteriores inició hace décadas, cuando las cúpulas del poder se alejaron de la ley como disposición objetiva y la aplicaron discrecionalmente en beneficio de sus intereses personales y de grupo.

Esta forma de actuar fue permeando en la conciencia colectiva hasta convertirse en una forma de vida ciudadana, según la cual se observa la ley sólo cuando conviene a los intereses particulares.

La confusión actual que vive la sociedad sobre qué hacer para recuperar la paz y la tranquilidad proviene en buena medida de la ausencia del reflejo social de consultar la ley y observarla.

Un buen inicio para salir entonces de este marasmo sería abrir los códigos, leerlos y aplicarlos. Ahí encontraremos las instrucciones para rearmar al país, de lo contrario, continuaremos inmersos en una cascada de opiniones generando un ruido informativo que sólo nos lleva a callejones sin salida, marchas, protestas y una autoridad minada en su legitimidad por los continuos cuestionamientos de los que es objeto.

Sólo por citar algunos ejemplos de la confusión en la que estamos como sociedad, cabe referir que en tanto que en algunas zonas del país se reclama la presencia de las Fuerzas Armadas, en otras se rechaza; algunos sectores sociales piden operativos policiales y otros están en desacuerdo; algunos proponen policía única y otros alegan que la concentración de poder que provocaría y la vulnerabilidad a la corrupción sería como tener en casa un coctel molotov.

Lo que se percibe entonces es que ni autoridades ni sociedad sabemos qué hacer ante la magnitud del problema.

Una situación así es siempre caldo de cultivo de conflictos y disturbios promovidos por sujetos que no tienen interés en solucionar el problema, sino obtener beneficios políticos y personales.

Debemos encontrar las soluciones con base en la ley, como decíamos, y con una convicción democrática, por muy difícil que parezca lidiar con todo tipo de posiciones y personajes, ya Winston Churchill decía algo así como que la democracia es, a pesar de sus defectos, la mejor forma de convivencia política que ha inventado la humanidad.

La situación es, por otra parte, tan delicada, que no admite que se utilice como un medio o instrumento para minar la posición de opositores o de funcionarios gubernamentales los costos de esta contienda, si va para mal los pagará la sociedad y los actuantes políticos. En una eventual derrota, no habría ningún beneficiado.