La semana pasada publiqué en Twitter: “Hay gente que se opone al libre comercio pero le parece normal poder ir a la tienda de su elección a comprar los bienes que consume y hasta se enojaría si le prohibieran ir a una tienda en particular”.

Como sucede en esta plataforma de interacción social, hubo toda una diversidad de comentarios, desde quienes estuvieron de acuerdo hasta los ya acostumbrados insultos que recibí sólo porque yo fui el autor del tuit y supongo que infirieron que estaba agrediendo a AMLO (lo cual obviamente no hice ni intenté hacerlo) o, simplemente, por ser profesor de economía en el ITAM, me hace acreedor a ese tipo de respuestas. También hubo quienes lo llevaron al ámbito no explícitamente señalado (el del comercio internacional) así como hubo quien afirmó que, si un bien no puede ser adquirido por todos los consumidores, merece ser prohibido, y otro que señaló que, si un consumidor no puede adquirir un bien por no tener el ingreso suficiente, su libertad “está condicionada”.

Por muchos de los comentarios que recibí, hay una cosa que me queda clara: la enorme confusión que existe entre las decisiones puramente individuales (y la libertad de elección que cada quien tiene y valúa) y el mercado como un todo.

Cada uno de los individuos en la sociedad cuenta con recursos escasos (ingreso y tiempo) y tiene que decidir cómo utilizarlos. Su objetivo primario al decidir qué uso darles es tratar de obtener el mayor nivel de satisfacción posible, por lo que tiene que tomar cuatro decisiones básicas: qué bienes va a adquirir y cuánto de cada uno de ellos, dónde adquirirlos, cuándo adquirirlos y cuánto ahorrar (posponer consumo presente para poder consumir en el futuro). Es claro que entre mayor sea la libertad de elección que tiene el individuo actuando como consumidor, dada la restricción que enfrenta de recursos limitados y por lo tanto escasos, mayor tenderá a ser también su nivel de bienestar. Hasta aquí, supongo que cada uno de quienes están leyendo este artículo estará de acuerdo.

Entonces viene la pregunta: ¿cuál es la estructura de mercado que nos permite alcanzar el mayor bienestar posible, dada la escasez de recursos y las preferencias individuales? La respuesta es obvia: un mercado que opere en competencia, uno en donde impere el libre comercio. La libre concurrencia de oferentes y demandantes en el mercado implica que todas las transacciones que se llevan a cabo son voluntarias y ambas partes se involucran en ellas, porque esperan obtener un beneficio a cambio, los oferentes un rendimiento sobre su inversión y los demandantes la satisfacción derivada del consumo del bien adquirido. El bienestar de los consumidores será mayor entre mayores sean también las opciones entre las cuales elegir. En esta estructura de mercado impera la libertad de contrato: ningún oferente está obligado a venderle a alguien en particular y ningún demandante está obligado a adquirirle a alguien en particular.

La estructura de mercado opuesta es el monopolio. Cuando un mercado opera bajo esta estructura, los individuos pierden su libertad de elección, las transacciones dejan de ser voluntarias y ya no existe la libertad de contrato, ya que los consumidores se ven forzados a adquirir el bien a un solo vendedor, lo que le permite al monopolista extraer una renta a costa del bienestar de los consumidores.

Así, si los individuos valúan poder adquirir los bienes de consumo en el negocio de su elección y les parece normal hacerlo, tienen que estar a favor del libre comercio interno e internacional. No pueden darle valor a esa libertad y preferir enfrentarse a un monopolio.

Isaac Katz

Economista y profesor

Punto de vista

Profesor de Economía, ITAM. Caballero de la Orden Nacional del Mérito de la República Francesa. Medalla al Mérito Profesional, Ex-ITAM.