La inverosímil tragedia de Dominique Strauss-Kahn (DSK), hasta hace poco Director Gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), ocurre en momentos delicados en los que su participación en el rescate financiero de países que ahora llaman la periferia europea es cuestionada y cuestionable.

Me parece increíble lo ocurrido -independientemente de la bien ganada fama de mujeriego que tiene DSK- porque su brillante carrera profesional y política acredita que no es ningún idiota. En cambio, la secuencia de hechos que lo llevaron a prisión, según la relatan los medios, demostraría palmaria estupidez.

Siempre he sido escéptico de teorías que involucran complejas conspiraciones; sin embargo, mi afición antigua a las historias de Sherlock Holmes me induce a usar el método del inigualable detective del Londres en la era victoriana y preguntar: ¿quién es el principal beneficiado de la caída de DSK?

La respuesta indudable indica al actual presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, quien, ante la potencial candidatura de DSK en la elecciones del año próximo, hubiera sido derrotado por un amplio margen de acuerdo con lo que mostraban las más recientes encuestas previas al lamentable incidente.

Aparte del triste caso de DSK -que de haber ocurrido un complot como el necesario para su demolición habría dejado rastros que sin duda aparecerán-, la falta de liderazgo en el FMI en estos momentos plantea grandes retos, pues el programa de rescate emprendido junto con la Unión Europea (UE) enfrenta una renovada crisis en el caso de Grecia y un indudable contagio a los otros países en problemas.

El FMI confronta una doble denuncia: por una parte se le acusa de haber elaborado un paquete de rescate insuficiente para enfrentar la especulación que previsiblemente seguiría agravando la situación financiera de Grecia al presionar las tasas de interés para renovar su deuda, tal como ocurrió.

Por la otra, se le imputa su corresponsabilidad en imponer reformas y condiciones de austeridad al país, que en la opinión popular coadyuvan a perpetuar un elevado desempleo y causan profundo estancamiento económico y miseria generalizada, por lo que son inviables política y socialmente.

Este último es el papel de villano tradicional que se le ha atribuido al FMI en el diseño de rescates financieros, como si los irremisibles ajustes que tienen que darse cuando un país ha vivido por años muy por encima de sus posibilidades fueran un capricho de sus dogmáticos tecnócratas.

Quienes salen a las calles de Atenas -también de Dublín, Lisboa y Madrid- a protestar con creciente violencia creen que la culpa de su situación se ubica en los desalmados economistas del FMI y de la UE y no en las irresponsables políticas económicas que condujeron a sus respectivas crisis.

En esa lógica quimérica bastaría con que el Fondo y sus aliados cancelaran sus programas con los países aludidos para que todo volviera a una normalidad de bonanza, crecimiento y generación de empleo, que en el caso de Grecia implicaba una abultada burocracia y desequilibrios insostenibles.

La acusación de que el FMI es copartícipe en haber diseñado paquetes de ajuste insuficientes -como yo lo he indicado en esta columna en varias ocasiones- es mucho más grave pues implica que el Fondo no hizo bien su labor y adoptó supuestos excesivamente optimistas que resultaron fallidos.

Expertos que han opinado sobre la actual coyuntura en el FMI creen que su acomodaticia posición se debe a que ha estado dirigida por políticos como DSK y sus dos inmediatos antecesores, quienes independientemente de su capacidad técnica estaban más dispuestos a ser tolerantes ante las demandas de los gobiernos, aunque ello no representara la solución apropiada a sus problemas.

Esta compleja situación, que previsiblemente se agravará conforme las presiones sociales en los países afectados sigan creciendo, requiere de un liderazgo firme en el Fondo, que tenga la capacidad técnica de comprender los problemas, pero también la habilidad política para vender remedios dolorosos.

No voy a entrar al juego de especular sobre quién debe hacerse cargo del FMI en esta coyuntura, aunque varios de los mencionados son impecables candidatos. No obstante, el argumento de que el nuevo líder debe ser europeo en razón de los graves problemas en ese continente es insostenible.

El perfil óptimo de quien debe dirigir una institución que lidia con dificultades derivadas del excesivo endeudamiento de países tiene que ser alguien que cuente con la experiencia de haber trabajado y resuelto con éxito tales situaciones en el pasado. Por nuestra dolorosa historia financiera, México y el resto de Latinoamérica ofrecen, por mucho, los mejores candidatos.