Por estos días, se estará llevando a cabo la XXVI Reunión de Embajadores y Cónsules de México adscritos a las representaciones diplomáticas en el exterior. Se trata de un cónclave anual en el que presuntamente se dota a nuestros diplomáticos de instrumentos para uniformar la voz de México y proyectar una imagen positiva de nuestro país en el exterior.

Tal reunión, esta vez, reviste gran interés, puesto que los diplomáticos mexicanos están necesitados de orientación sobre cómo responder ante el clamor internacional que han despertado la matanza de Tlatlaya, Estado de México, y la desaparición de 43 normalistas en Ayotzinapa, Guerrero.

En tiempos antiguos -antes de que las redes sociales hicieran estragos en el decurso de la globalización-, la guía principal de nuestros diplomáticos eran los llamados principios de la política exterior; a saber, no intervención en los asuntos internos de otros estados; autodeterminación de los pueblos; igualdad jurídica de las naciones; solución negociada de los conflictos y lucha por la paz, entre otros.

Esos principios ya son prácticamente letra muerta, pues han dejado de ser eficaces frente a los apremios actuales. Y es que hoy por ejemplo, las ONG son capaces de emitir opiniones sobre los asuntos internos de los estados sin ser acusadas de intervencionistas. Muchas veces, inclusive las políticas de algunos gobiernos se dirimen a partir de las recomendaciones de organizaciones como Human Rights Watch, Periodistas Sin Fronteras, Amnistía Internacional o Greenpeace.

La autodeterminación también se ha vuelto un relativismo frente al poder omnímodo del Internet, al grado de que un meme puede llegar a tener más influencia sobre los públicos que el discurso de un jefe de Estado.

Lo que nuestro cuerpo diplomático tuvo que enfrentar los últimos meses del año anterior, con manifestaciones a favor de los normalistas en las puertas mismas de las embajadas; demandas de justicia a través de las redes, y condenas y ridiculizaciones al gobierno del presidente Peña Nieto, exigen el diseño de una nueva estrategia de comunicación diplomática.

Hubo un antecedente del que ojalá se puedan extraer lecciones.

Cuando estalló el movimiento zapatista en Chiapas, el 1 de enero de 1994, los diplomáticos mexicanos se vieron ante una encrucijada similar a la actual. Estaban entonces preparados para divulgar las ventajas de insertar a México en el libre comercio mundial, mas no para explicar por qué los indígenas chiapanecos irrumpían en los procesos que supuestamente encumbrarían a México a las filas de los países más desarrollados.

Era patético que las instrucciones de la Secretaría de Relaciones Exteriores fueran a restarle importancia al movimiento. Cierto canciller se burló del zapatismo como una guerrilla de Internet que no trascendería; el tiempo probó que gracias al EZLN los ojos del mundo voltearon hacia Chiapas.

La secuela que deja Ayotzinapa no es cosa menor, y no debe subestimarse. El presidente de Uruguay, José Mújica, emitió un juicio que en otras épocas hubiera compelido a la defensa de la soberanía. Insinuó a la revista Foreign Affairs que México daba la impresión de ser un Estado fallido, y eso es reflejo de una imagen predominante en el exterior.

Lo que se espera de la reunión de embajadores es una línea de acción que coadyuve a serenar los estruendos. Hace un año, el mandato del presidente era anunciar que México era un país en paz, incluyente, próspero, comprometido con una educación de calidad y con responsabilidad global.

Pero resulta obvio que los mexicanos no vivimos en paz y que los niveles de competencia educativa aún dejan mucho qué desear. Lo que difunden los medios internacionales sigue siendo violencia, crimen organizado, inseguridad y marchas de maestros y estudiantes opuestos a que las condiciones educativas se alteren.

Por eso el reto de los pontífices del Servicio Exterior Mexicano es grande. ¿Cómo habrán de contrarrestar la mala imagen de México? ¿Será suficiente con seguir acentuando las benevolencias de las reformas estructurales? ¿No representa éste un buen momento para redefinir el rumbo de la política exterior del país, sobre todo tras el fracaso de la Cumbre Iberoamericana realizada en Veracruz en diciembre pasado?

Existen serias dudas sobre los alcances que pueda tener la reunión dado el carácter conservador del gremio; sin embargo, el activismo diplomático muchas veces se detona a partir de coyunturas. Ver para creer.

En particular, suponemos que también se abordará el tema de cómo votarán los aproximadamente 12 millones de mexicanos que residen en el extranjero durante las elecciones del próximo verano. Y es que si de por sí fue complicado para los consulados organizar a los votantes en las elecciones presidenciales del 2012, ahora estarán en mejores condiciones al otorgárseles facultades para emitir credenciales para votar.

En otras palabras, a nuestros diplomáticos se les aumentarán las tareas sin que se les aumenten los recursos para llevarlas a cabo.