Brasil tiene 17 refinerías, con capacidad para procesar 2.3 millones de barriles de crudo diarios. De ellas, 14 representan casi 2.2 millones de barriles de capacidad de procesamiento diario y son de Petrobras. Son capacidades de casi el doble que las de México y Pemex. Sus importaciones, de entre 15 y 20% de gasolina y diesel, son una pequeña fracción de la proporción que importa México. Apenas en el 2014, Petrobras estrenó una refinería de gran calado, comparable en tamaño a las que se han prometido en campaña en México.

Visto así, Brasil suena a la envidia de cualquier populista energético. El problema es que, como los últimos días de crisis en Brasil han demostrado, todo esto sirve de poco para la otra gran aspiración populista: congelar precios sin pagar costos. Por más que lo han intentado, no se puede concebir sin pecado.

No es que no se haya intentado. Brasil, de hecho, tiene en común con México no sólo la reciente liberalización de los precios de los combustibles, sino su muy amplia experiencia previa decretándolos. Así que, cuando los precios internacionales de las gasolinas emprendieron su subida actual en el nuevo contexto de precios liberalizados, el poderoso gremio de los camioneros no tardó en apelar la tradición. Viendo su negocio afectado, pidió a la presidencia que interviniera.

Hay diferencias marcadas. Petrobras, como Pemex, es una petrolera estatal. Pero, contrario a Pemex, cotiza en Bolsa. Como tal, tiene inversionistas minoritarios que, en principio, sólo velan por el valor de la empresa. Esto fue clave para resistir la presión presidencial buscando intervenir (subsidiar) los precios de las gasolinas. La empresa llevaba apenas dos años de implementar políticas de precios liberados, competitivos y de mercado, como parte de su plan de recuperación. Argumentó, como lo haría cualquier empresa que tome en cuenta su valor, que subsidiar los precios, le costaría mucho dinero.

Eventualmente cedió. Pero, tal y como había predicho, el costo fue muy evidente. A partir de que se anunció el compromiso de bajar el precio del diesel 10% durante 10 días, se borraron unos 250,000 millones de pesos de la capitalización de mercado de la petrolera. El precio de la acción de Petrobras cayó más de 10 por ciento.

La saga brasileña continúa. Los camioneros brasileños presionaron más y, eventualmente, paralizaron el país con una huelga que, afortunadamente, parece haber concluido. Pero los costos del intervencionismo en precios, aun en un país que está más cercano a la autosuficiencia gasolinera que el nuestro, tardarán en resarcirse. La capacidad de refinación, por alta que sea, no le da a un país impunidad en los mercados. Subsidiar cuesta.

Al caso mexicano hay que rascarle un poco más para advertir estos costos. El milagrito de los precios bajos se disipa entre las arcas de Hacienda. Pero esto no significa que su impacto desaparezca. Como El Economista publicó el lunes, después de la experiencia de las protestas por el gasolinazo, llevamos al menos cuatro meses al hilo en el que el subsidio al impuesto sobre las gasolinas (IEPS) cuesta más de 10,000 millones de pesos.

Claro que los ingresos “perdidos” en subsidiar las gasolinas se han contrarrestado con mayores ingresos de la venta de crudo. También se puede argumentar que el IEPS de las gasolinas era demasiado alto para empezar. Pero eso no mitiga el costo.

Mientras decidimos el futuro energético mexicano a través de nuestro voto, vale la pena tomar a Brasil como un espejo. Mucho de lo propuesto se ha “logrado” por allá. Pero, por más refinerías y autoconsumo que metamos en medio, deberíamos tener claro que lo del milagrito de los precios permanentemente bajos es puro teatro. En estas cosas terrenales, no se puede concebir sin pecado.

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell