Ahora que finalmente se cambió la legislación en materia de competencia y al parecer la autoridad está empezando a abrir lo que se consideraba monopolios naturales, viene a la mente la pregunta acerca de los efectos que esto tendrá sobre el bienestar de los consumidores.

No se trata solamente de que el consumidor tenga más opciones y que pueda elegir, entre ellas, la mejor, sino que sean las mismas empresas las que reduzcan sus precios, a efecto de hacer más atractivos sus productos y servicios para una gama más amplia de competidores.

Éste es el objetivo final de tener organismos reguladores, los cuales deben buscar a toda costa proteger y defender los intereses de los consumidores, aunque las reacciones de los oferentes pueden hacer que al final los precios finales no bajen.

Una medida para evitarlo es modificar sus productos y servicios, de manera que parezca al consumidor que no está comparando productos y servicios similares.

Por ejemplo, existe una amplia variedad de marcas y modelos de vehículos, dentro de un solo segmento, que cumplen adecuadamente la función de proporcionar los servicios de transportación para una persona o una familia.

No obstante, mediante la publicidad y prácticas de mercadotecnia, los oferentes atraen la atención de los consumidores hacia sus productos, haciendo que en la práctica sean ellos quienes ofrecen un producto único, tal como lo hace un monopolista.

Esta práctica de diferenciar o hacer aparecer diferentes ciertos productos a los ojos de los consumidores, puede tener el efecto de que los precios finales no bajen, aun cuando exista total apertura para entrar y salir en los mercados, lo que da al traste al objetivo de que sea la competencia la que haga que los precios finales bajen.

Sin embargo, un beneficio adicional de la competencia es que los oferentes busquen a toda costa competir mediante la calidad de su oferta y la mejora constante de sus productos y servicios, de manera que los consumidores tengan más opciones de donde elegir.

Para que lo anterior funcione, una condición necesaria tiene que ver con la información que sea disponible para los consumidores.

Sin información difícilmente se pueden comparar opciones y, muchas veces, como sucede el la práctica, se elige considerando la mejor publicidad, o el estatus que el consumidor siente le proporciona cierto producto y al final se termina por darse cuenta de que la opción elegida no fue la mejor, ya que existe otra mejor, pero la información acera del mismo no era amplia ni estaba disponible al momento de tomar la decisión.

Son muchos los casos en que lo anterior sucede en la práctica, aunque en esto sea poco lo que la autoridad pueda hacer, ya que es una decisión que el consumidor debe tomar.

Al final, nos damos cuenta de que el método del ensayo y error deja las mejores enseñanzas, aunque bajo ciertas circunstancias no se trata de la opción o el método más barato para elegir.

Observamos actualmente cómo muchas personas y familias, al parecer, permanecen leales al consumo de ciertos productos y servicios, aunque es una lealtad disfrazada, ya que la razón para no cambiar es que puede resultar costoso, por existir un contrato con ciertas cláusulas que restringen los cambios, en cuyo caso poco puede hacerse, excepto insistir en que hay que informarse antes de decidir.

mrodarte@eleconomista.com.mx