La convergencia tecnológica se refiere a la creciente capacidad que tienen las redes para transmitir distintas señales a través de un mismo canal y resulta del avance tecnológico. Con ella, los operadores amplían la oferta de sus servicios de transmisión y contenidos, como los de telecomunicaciones fijas, móviles, servicios de datos, Internet y televisión de paga.

En el contexto de competencia efectiva, sus impactos económicos son inmensos para el aparato productivo nacional, en términos de economías de escala (cuando, por el aumento en el tamaño de una empresa, los costos unitarios decrecen a medida que aumenta la producción, generando un aumento en la productividad) y de economías de alcance (reducción de costos resultado de la producción simultánea de productos; por ejemplo, cuando se utiliza la misma red para transmitir telefonía, datos y TV). En términos sociales, sus impactos en bienestar son aún mayores, al habilitar y potenciar la educación, la salud y la cultura, entre otros aspectos de la vida.

Todo esto es hoy por demás evidente pero, cabe reiterar, en un contexto de competencia efectiva. En su ausencia, con la concentración de mercado en pocos operadores, lo que resulta es insuficiente cobertura, precios altos y mala calidad. Cualquier semejanza con la realidad, no tiene nada de casualidad.

Por estas razones, la competencia económica se convierte en la condición necesaria y catalizador de todos esos efectos. Pero debe entenderse que la competencia se refiere a las condiciones de operación equitativas y conducentes para el aprovechamiento generalizado de los beneficios. Se refiere a la gestación y promoción de una sana y justa rivalidad entre los operadores del sector económico, en este caso, de las telecomunicaciones.

Con todo, la competencia efectiva resulta, según las experiencias históricas e internacionales, en un uso más eficiente de los recursos disponibles, en incentivos para invertir en la infraestructura e investigación necesarias y, finalmente, en mejor cobertura, calidad y precios.

Competencia efectiva en México

Sin embargo, para nadie es un secreto que en México hemos sido malos en la gestación y materialización de la competencia efectiva.

Basta decir que los principales operadores de telefonía fija y móvil abarcan casi tres cuartas partes del mercado mexicano. Y no sólo eso, ambas empresas pertenecen al mismo conglomerado internacional, cuyo dueño es el hombre más rico del mundo a la fecha. En otros países, donde la competencia está más equilibrada, la concentración de las empresas dominantes se sitúa alrededor de una cuarta parte del mercado, situación que demuestra la baja competencia que existe en el mercado de las telecomunicaciones.

Competencia, prerrequisito para la convergencia

Para que la convergencia tecnológica sea eficiente, es necesaria la competencia efectiva, con el fin de que exista la posibilidad de nuevos entrantes a la industria –conocida como la eliminación de barreras de entrada- y que se promueva continuamente la innovación derivada del aumento en las inversiones. Al respecto, la Comisión Europea declaró: Si bien goza de general aceptación la idea de que la convergencia existe a nivel tecnológico[...] la convergencia no es un concepto aplicable solamente a la tecnología, sino que significa también nuevos servicios, nuevas formas de actividad empresarial y de relación con la sociedad.

En este sentido es claro que la convergencia tecnológica no sólo depende del avance tecnológico, sino que necesita un cambio estructural por parte de las empresas y los consumidores, especialmente, de los organismos regulatorios del país. Porque, dados los elevados niveles de concentración económica que sufre el mercado mexicano, no es suficiente tener reglas claras y conducentes, resulta necesario que existan sanciones para evitar prácticas anticompetitivas, que sean de hecho ejecutables y que representen un desincentivo suficiente a las empresas dominantes. Sólo esto permitirá la entrada de nuevos competidores al mercado, aumentará la inversión y promoverá la innovación tecnológica, favoreciendo la competencia para que los beneficios sean repartidos equitativamente entre la población.

Así, pensar en que podamos acceder ya a la convergencia plena en el escenario de extrema concentración que padece el mercado mexicano de comunicaciones es por demás irracional. Sus efectos se anticipan por demás nocivos, ya no sólo para la competencia misma, porque tenderíamos a la concentración absoluta. Sino que, además, el rezago en términos de precios, cobertura y calidad, se perpetuaría a la par de la dominancia que no tiene precedente en otros mercados que aspiren a considerarse en competencia.