El estudio de la Comisión Federal de Competencia Económica sobre la agroindustria vino a decir que la competencia resolvería parte de los problemas del campo y el acceso a alimentos a precios asequibles. No profundizó en la esencia mucho más.

De acuerdo con el papa Francisco, quizá con menos estudio pero con mucha más sabiduría que el estudio de los tecnócratas de la Cofece, los derechos inalienables de los campesinos deben ser tres: tierra, techo y trabajo, que son y deberían ser derechos sagrados. Reclamar esto no es nada raro, es pura justicia.

Tierra. Al inicio de la creación, Dios creó al hombre, custodio de su obra, encargándole de que la cultivara y la protegiera. Es preocupante la erradicación de tantos hermanos campesinos que sufren el desarraigo, y no por guerras o desastres naturales. El acaparamiento de tierras, la deforestación, la apropiación del agua, los agrotóxicos inadecuados son algunos de los males que arrancan al hombre de su tierra natal. Esta dolorosa separación no es sólo física, sino existencial y espiritual, porque hay una relación con la tierra que está poniendo a la comunidad rural y su peculiar modo de vida en notoria decadencia y hasta en riesgo de extinción.

La otra dimensión del proceso ya global es el hambre. Cuando la especulación financiera condiciona el precio de los alimentos tratándolos como a cualquier mercancía, millones de personas sufren y mueren de hambre. Por otra parte, se desechan toneladas de alimentos. Esto constituye un verdadero escándalo. El hambre es criminal, la alimentación es un derecho inalienable. Algunos reclaman una reforma agraria para solucionar alguno de estos problemas, pero, la reforma agraria es, además de una necesidad política, una obligación moral (Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, CDSI, 300).

Segundo: techo: una casa para cada familia. Hoy hay tantas familias sin vivienda, o bien porque nunca la han tenido o bien porque la han perdido por diferentes motivos. Familia y vivienda van de la mano. Pero, además, un techo, para que sea hogar, tiene una dimensión comunitaria, y es el barrio... y es precisamente en el barrio donde se empieza a construir esa gran familia de la humanidad, desde lo más inmediato, desde la convivencia con los vecinos. Hoy vivimos en inmensas ciudades que se muestran modernas, orgullosas y hasta vanidosas. Ciudades que ofrecen innumerables placeres y bienestar para una minoría feliz.

Tercero: trabajo. No existe peor pobreza material que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo. El desempleo juvenil, la informalidad y la falta de derechos laborales no son inevitables, son resultado de una previa opción social, de un sistema económico que pone los beneficios por encima del hombre. Si el beneficio es económico, sobre la humanidad o sobre el hombre, son efectos de una cultura del descarte que considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar.

Hoy, al fenómeno de la explotación y de la opresión se le suma una nueva dimensión, un matiz gráfico y duro de la injusticia social: los que no se pueden integrar, los excluidos son desechos, sobrantes. Ésta es la cultura del descarte. Esto sucede cuando al centro de un sistema económico está el dios dinero y no el hombre, la persona humana. Y la sana competencia lleva al capitalismo desenfrenado. A esto ya no llegó la Cofece, pero quizá sea pedirle demasiado, a pesar de que nos entregó el estudio con más de tres meses de retraso.

*Máster y doctor en Derecho de la competencia, profesor investigador de la UAEM y socio del Área de Competencia, Protección de Datos y Consumidores del despacho Jalife& Caballero.