Roy Campos

En esta ocasión es difícil encontrar las cosas buenas del acto del informe, porque vimos a un presidente como pudimos ver a cualquiera de los anteriores, lleno de cifras, recibiendo aplausos en cada pausa, sin modificar el ritmo ni el tono, y no me refiero al contenido —que probablemente es un compendio de logros importantes y visiones personales—, sino de un formato que desmerece ante cualquiera de sus mañaneras, donde se muestra más sencillo y natural.

Lo bueno tal vez entonces es que recorrió todas las áreas de gobierno y reiteró su visión de que construye un cambio de régimen y desactivará vicios y corrupciones.

Y agregaría: “lo extraño —por llamarle de alguna manera— fue que el escenario dijera claramente tercer” informe a pesar de que legalmente es el primero, por lo que podemos esperar este ejercicio cada tres meses; nos esperan 18 informes si nada cambia”.

Rubén Aguilar Valenzuela

El informe no aportó nada nuevo. El presidente dijo lo mismo que ya ha expresado en sus comparecencias de la mañana. Lo ha hecho por nueve meses. Fue un ejercicio de sólo retórica, pero sin querer dar nota y marcar agenda. Eso lo hará de vuelta el lunes. Lo más notorio, de eso se va a hablar, el letrero de que fue el tercer informe en nueve meses. Es cierto. Eso le gusta y lo hace sentirse bien.

Hubo información sin fuentes reconocidas y mucho de lo que dijo no se puede comprobar. Como siempre, recurrió a las medias verdades e incluso mentiras. En ese tipo de discurso se siente cómodo. Es el discurso que los suyos quieren escuchar. Lo más probable es que en los próximos días, en la comparecencia de la mañana, glose sobre lo que dijo. Le gusta escucharse a sí mismo.

El pasado, no la incapacidad del actual gobierno, sigue siendo la causa de todos los males que vive el país. Él es el responsable de todo lo bueno que se hace en su gestión. El aparato institucional está ausente. La administración es él.

Alberto Aguirre

Lo bueno: la proscripción, por la vía de los hechos, de una de las tradiciones más dispendiosas del antiguo régimen: el Informe de Gobierno era el Día del Presidente. Ayer vimos una versión austera del viejo ceremonial, pero tal vez fue igual de improductivo por la deliberada intención del Ejecutivo federal de trasmitir sus datos. Su retórica cada vez es menos efectiva.

Lo malo: la escasa autocrítica y el nulo respeto al espíritu democrático de rendir cuentas sobre la marcha del país (aunque el artículo 69 constitucional sólo obliga a presentar un informe por escrito sobre el estado general que guarda la administración pública ante el Congreso de la Unión). Y sobre todo, sus expresiones sobre la intrascendencia de la oposición, reflejo de un ánimo autoritario que quedó comprobado con la actitud pendenciera de Porfirio Muñoz Ledo en la sesión de Congreso general. Si se trataba de que el foco de atención fueran los legisladores, lo lograron... pero de la manera más lamentable.

José Fonseca

Ninguna sorpresa en el informe del presidente Andrés Manuel López Obrador. Alentadora su tácita decisión de no involucrarse en la guerra comercial entre China y Estados Unidos, y sí preservar —y aprovechar— la relación con Washington, compleja, pero indispensable para México.

Preocupante el tono desafiante al final del discurso, porque mantiene la descalificación de quienes califica como “conservadores”. Lo hace en un tono tal que parece privilegiar su concepto de “regeneración”, a costa de la indispensable reconciliación nacional.