El petróleo mexicano tiene fama de pesado. La producción de campos mundialmente reconocidos como Akal (Cantarell), Ku, Maloob y Zaap promedia dentro de los crudos pesados, con algunos tirándole a extrapesados. La mezcla maya de crudo, la más importante referencia para nuestro país, tiene una gravedad API de entre 21 y 22 grados. En este contexto, es natural que la refinería de Dos Bocas esté pensada para procesar crudo pesado de 22 grados API, como la Secretaría de Energía ha anunciado.

En el sector energético, sin embargo, el futuro no siempre se parece al pasado. En Estados Unidos, por ejemplo, hasta antes del 2008 se asumía que el panorama energético sería de escasez progresiva —y que la poca nueva producción petrolera vendría de campos con crudo cada vez más pesado—. Como resultado, su sistema de refinación, que se fue adecuando para este tipo de dietas de refinación, estaba poco preparado para la revolución shale y la abundancia de crudo ligero.

Hoy a una década de haber sido reconocida como un fenómeno global, las refinerías de la Costa del Golfo de Estados Unidos aún no se logran adaptar del todo. Estados Unidos exporta crudo ligero e importa crudo pesado.

México está enfrentando una coyuntura similar a la de Estados Unidos en el 2008, al menos en lo que a tipo de crudo se refiere. Los grandes campos que sostienen nuestra producción siguen siendo pesados, y los pocos proyectos realmente nuevos que Pemex ha estado pensando desarrollar por sí sola, como Ayatsil-Tekel o Pit-Kayab, son de crudos extrapesados. Si a lo que aspiramos es a exprimir las rocas y entrarle a los extrapesados —que hasta ahora no hemos podido resolver de una forma económicamente rentable—, el futuro pinta todavía más pesado.

Afortunadamente, si se aprovechan todas las herramientas y oportunidades, tenemos un mejor futuro al alcance. De acuerdo con datos compilados por Welligence, Amoca-Miztón-Tecoalli, Zama, Hokchi e Ichalquil podrían representar, en conjunto, 180,000 barriles diarios de crudo para el 2022, cuando Dos Bocas ya estaría operando de acuerdo con los muy acelerados planes del gobierno.

Para 2026, ya representarían 400,000 barriles diarios, 60,000 más de lo que la refinería de Dos Bocas podría procesar. Con 33, 30, 26 y 30 grados API, respectivamente, estos cuatro proyectos son de crudo ligero, incompatibles por sí solos con una refinería que pretende procesar crudo mucho más pesado. Esto es cierto aún asumiendo que las distintas compañías quisieran refinar su porcentaje de la producción compartida de crudo aquí en México.

Viendo aún más hacia el futuro, también es claro que el shale oil mexicano será ligero. La teoría explica que el crudo se vuelve más pesado conforme acumula materia orgánica, al migrar de una formación geológica a otra. El shale, al encontrarse directamente en la roca generadora, tiende a lo más ligero por saltarse los pasos migratorios. Aguas profundas: apunta en la misma dirección, por razones diferentes. Dada la naturaleza de costos de los proyectos en aguas profundas, sería difícil que un proyecto de aguas profundas con crudo pesado sea considerado comercialmente viable. Por lo tanto, es prácticamente un requisito de comercialidad que el aceite producido por las aguas profundas mexicanas sea liviano.

La configuración anunciada para la refinería de Dos Bocas, una apuesta a la disponibilidad de crudo pesado, es poco compatible con el futuro optimista de nuevos campos y fronteras tecnológicas conquistadas, que apunta hacia terminaciones más livianas. El dato no descalifica a la nueva refinería: el crudo liviano puede mezclarse con el extrapesado. Pero, si ya estamos decididos como país a construir una refinería, ¿no valdría la pena garantizar que sean fierros diseñados pensando en el futuro de la producción petrolera?

PabloZárate

Consultor

Más allá de Cantarell