Para hacer desembolsos económicos de gran escala con rapidez y enfoque es necesaria una sólida infraestructura financiera digital, que aliente el crecimiento y la resiliencia económica en términos amplios. La pandemia ha servido como prueba de esfuerzo para los sistemas financieros de varios países y proporciona lecciones sobre cómo mejorar la eficiencia.

SAN FRANCISCO/BOMBAY – Incluso antes de la aprobación del último paquete de estímulo en los Estados Unidos, los gobiernos de todo el mundo han ofrecido ayuda financiera por casi 12 billones de dólares a las empresas y hogares afectados por el Covid-19 equivalente al 12% del PIB global. Pero ¿cuán bien han hecho al hacer llegar esa cantidad de ayuda sin precedentes a sus destinatarios? ¿y qué lecciones nos dan esas iniciativas para el futuro?

Muchos se están haciendo esas preguntas, desde autoridades hasta economistas, órganos de control de la sociedad civil e innovadores de las tecnofinanzas. Hace poco buscamos las respuestas mediante el análisis de 12 programas de apoyo gubernamental por la pandemia, tanto para personas como pequeñas y medianas empresas (pymes) en siete países: Brasil, India, Nigeria, Singapur, Togo, Reino Unido y Estados Unidos.

Evaluamos la ambición del diseño de cada programa –su alcance, escala y especificidad- y la eficacia de la entrega, medida por la velocidad y cobertura de los desembolsos. El estudio, que aprovechó nuestro trabajo previo sobre identificación digital e inclusión financiera digital, consideró la infraestructura financiera tanto a nivel de país como de programa.

Nuestro estudio reveló importantes varianzas. Algunos programas combinaron un diseño ambicioso con una entrega eficaz, pero muchos no cumplieron en una o ambas áreas, a causa de problemas como un despliegue lento, no llegar a los beneficiarios elegibles y, en algunos casos, fraude.

La conclusión clave es que para hacer desembolsos económicos de gran escala con rapidez y enfoque es necesaria una sólida infraestructura financiera digital. Más allá de ayudar a prestar apoyo durante las crisis, esta infraestructura también alienta el crecimiento y la resiliencia económica en términos amplios. Esto es válido para todos los países, pero las economías emergentes tienen más que ganar que los países ricos en valor económico por cada punto porcentual del PIB gastado en desembolsos gubernamentales graduales, lo que puede deberse a que las economías avanzadas ya cuentan con una buena infraestructura financiera digital.

En nuestro estudio, el Plan de Apoyo Laboral de Singapur y el Plan de Retención de Empleos del Reino Unido ocuparon los primeros puestos en términos de diseño y entrega. Pero algunos programas de economías emergentes también lo hicieron bien. Dos planes indios –uno dirigido a mujeres y un programa de garantías de créditos de emergencia que benefició a más de tres millones de pymes y microempresas- pudieron aprovechar la infraestructura financiera existente para desempeñarse con solidez. Togo, que cuenta con una infraestructura menos desarrollada, todavía pudo hacer buen uso de ella: su programa Novissi hizo remesas de efectivo quincenales a las billeteras móviles de trabajadores informales que representaban hasta un 30% del salario mínimo mensual durante los confinamientos locales.

Una de nuestras principales conclusiones es que los programas estatales eficaces tienen en común tres características de la infraestructura financiera: canales de pago digitales, un sistema de identidad (ID) digital básico con una amplia cobertura de la población (como el programa Aadhaar de la India) y datos simples sobre personas y empresas vinculados a la ID digital.

Los países cuya infraestructura incluía esas tres características pudieron diseñar programas de manera óptima e implementarlos con rapidez. Por ejemplo, el programa de apoyo laboral de Singapur transfirió fondos automáticamente a empresas elegibles; los importes se calcularon en base a la nómina de la firma, sin necesidad de un proceso de postulación. Eso fue posible gracias al sistema de ID digital “CorpPass”, que asigna a cada pyme una ID única vinculada a datos estatales sobre los pagos tributarios y salarios de la empresa.

Pero los países que carecían de una o más de esas características en su infraestructura financiera tuvieron que hacer equilibrios entre las ambiciones del diseño y la entrega exitosa de sus programas. El Programa de Impacto Económico de Estados Unidos buscó hacer pagos a más del 50% de la población, pero tenía una focalización de beneficiarios insuficiente: por ejemplo, todos los destinatarios de la Seguridad Social y contribuyentes fiscales que ganaran menos de $75.000 anuales recibieron la misma cantidad de dinero.

También hubo desafíos en términos de velocidad y cobertura, debido a la dependencia parcial del programa en cheques en papel y lo incompleto de la lista de destinatarios elegibles. Si bien más de 160 millones de estadounidenses acabaron recibiendo un pago gracias al programa, solo 90 millones lo hicieron en las tres semanas posteriores al comienzo del mismo, el 30 de marzo de 2020.

Un segundo hallazgo significativo es que el desarrollo de una sólida infraestructura financiera digital puede dar un impulso a la economía mayor al que habíamos pensado. Antes de la crisis del Covid-19, estimamos que aplicar una ID digital avanzada a una amplia gama de interacciones entre personas e instituciones podría generar un crecimiento económico para 2030 de entre un 3% y un 13% del PIB, dependiendo del país. Pero ahora estimamos que el aumento potencial puede ser superior hasta en un 20%.

La pandemia ha servido como una importante prueba de esfuerzo para los sistemas financieros de varios países, recalcando brechas y oportunidades críticas. Al mismo tiempo, proporciona valiosas lecciones sobre cómo mejorar la eficiencia y la resiliencia.

Nuestro análisis cubre solamente un subgrupo de programas en una pequeña cantidad de países. Pero demuestra que una sólida infraestructura financiera para las pymes y personas es vital, no solo para responder a crisis inesperadas y potencialmente catastróficas como la pandemia del coronavirus, sino también para generar resiliencia financiera y crecimiento económico.

Olivia White es socia en la oficina de San Francisco de McKinsey & Company’s.

Anu Madgavkar is socia en el McKinsey Global Institute.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

Copyright: Project Syndicate, 2020

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