Desde hace más de 200 años, los economistas aprendimos sobre los beneficios del comercio internacional. De manera destacada, el ilustre David Ricardo demostró que el comercio internacional ofrecía el aprovechamiento de ventajas comparativas, y extender la aplicación del concepto de división del trabajo. Los países debían especializarse en la producción de aquellos productos en los que eran más eficientes y obtener, mediante el intercambio, productos en los que su eficiencia productiva era menor en términos relativos.

Bajo esta premisa, México se comprometió con la liberalización de sus mercados y con la apertura comercial. Al día de hoy podemos afirmar que el país resultó un alumno disciplinado que ha aplicado medidas liberalizadoras, incluso a niveles superiores que otros países, por ejemplo, miembros de la OCDE.

El comercio agropecuario es un buen ejemplo del proceso de especialización que resulta de procesos de apertura. El país se ha concentrado en la exportación de frutas y legumbres, alcanzando un superávit, de enero a noviembre del 2016, de casi 11,000 millones de dólares. En cambio, mantenemos un comercio deficitario en carnes (excepto pescado), lácteos, huevo, cereales y productos de molienda, por casi 6,500 millones de dólares. EU representa 90% del superávit y del déficit.

Aunque en el agregado las actividades agropecuarias del país son superavitarias, en un nuevo mundo, en el cual el libre comercio con EU se mantendrá solamente si las condiciones son benéficas a ese país (no a los socios de los acuerdos comerciales), se advierten riesgos. Si se abandona el TLCAN y se siguen las reglas convencionales del comercio internacional, no debería ocurrir algo extraordinario. Se aplicarían los aranceles previstos por la OMC y habría algunas afectaciones, es cierto, pero se tendrían certidumbre en los mercados y condiciones para continuar.

Sin embargo, se advierte una modificación profunda de las reglas del juego del comercio internacional. El país, que se esmeró en seguir las reglas del libre mercado y se aplicó en atraer la inversión extranjera resultando triunfador en el ámbito manufacturero, tendrá que lidiar con la posibilidad de que nuestros vecinos no respeten las reglas del comercio (que ellos crearon), de manera que no debemos descartar la aplicación de medidas ilegales (no tendrían otro nombre) que restringirían el acceso de nuestros productos a EU.

Algunos analistas han indicado que los primeros perdedores en un escenario de guerra comercial serían los productores cárnicos y los agricultores norteamericanos. Creo que debemos analizar la situación desde una perspectiva distinta. Nuestro país es altamente vulnerable, precisamente por la dependencia alimenticia (de humanos y animales) que tenemos de EU. No es poca cosa que debamos satisfacer nuestras necesidades de pollo, carne de res, cerdo, productos lácteos y maíz amarillo mediante importaciones.

En un mundo en que existen reglas y se respetan, los procesos económicos ayudan a constituir cadenas productivas sobre la base de la productividad y competitividad. Si las reglas no se cumplen y nos regimos por arrebatos externos, el país estará en problemas. La amenaza es seria, no debemos subestimarla.

Por ello, creo que es un buen momento para reflexionar sobre la situación del campo mexicano. La coyuntura debería permitirnos implementar cambios, de largo plazo, que permitan incrementar la productividad, mejorar la integración de cadenas productivas nacionales y, sobre todo, incorporar los cambios tecnológicos que revolucionarán las actividades agropecuarias. Debemos estar conscientes de que el cambio significa la incorporación de la robotización, de drones, la aplicación de tecnología para la fertilización, de mejores técnicas para el uso eficiente del agua, de semilla mejorada.

No debemos permanecer pasivos y esperar a que cesen los ataques a nuestro país porque ello no va a ocurrir. Debemos ser proactivos y, sobre todo, aplicar estrategias de largo plazo que mejoren nuestra perspectiva competitiva.

*Ex comisionado de la COFECE, consultor económico y profesor universitario.