A medida en la que la información acerca de los medios de contagio del Covid 19 fue surgiendo, tuvimos claro que una de las principales formas de evitar el contagio es el uso de cubrebocas y la congregación de personas en lugares ventilados, de preferencia en exterior, aminoraba el riesgo de contagio.

A medida que la reactivación económica se hizo necesaria, se tomaron medidas en lugares de restauración en algunas de las principales ciudades del mundo. Así, algunos gobiernos municipales en Estados Unidos, permitieron que los restaurantes ocuparan banquetas en el exterior para poder recibir a los comensales. Sin duda una medida necesaria no sólo ante la emergencia sanitaria, sino ante la crisis de una industria que da miles de empleos.

Conforme fueron llegando las vacunas, el uso de interiores en Estados Unidos fue permitiéndose a personas que comprobaran su vacunación. En Francia, la medida de comprobar la vacunación para acceder a lugares cerrados fue de las primeras en implementarse, no estando exenta de polémica por las protestas de los antivacunas. Y en Estados Unidos, si bien la polémica no se debió a las vacunas, la adopción de los lugares que pertenecen al llamado “espacio público” para usos de restauración, puso en evidencia uno de los mayores males de nuestro sistema: las grandes desigualdades sociales. Repentinamente, las personas que estaban dispuestas a pagar cientos de dólares por una cena de degustación en un restaurante, se encontraban cenando en la acera con personas sin hogar conviviendo justo al lado suyo, algunos intentando pedir una ayuda a los comensales.

En un espacio público que supuestamente es para todas las personas, confluían de manera contrastante las desigualdades entre quienes no tienen un hogar donde dormir y quienes pagan por experiencias gastronómicas. En el espacio público a veces estos contrastes se vuelven invisibles a fuerza de ser normalizados. No es que ninguno de los dos grupos tuviera menos derecho de estar haciendo uso del espacio. En consecuencia, muchos dueños de restaurantes decidieron hacer un emprendimiento social para alimentar a esas personas sin hogar que continuamente deambulaban alrededor de las mesas de comensales. Una buena acción sin duda, pero esto no es para nada un medio para invisibilizar o impedir que las personas sin hogar estuvieran cerca de las personas que comían una cena de varios tiempos. Al final, varios de estos chefs hicieron un llamado a concientizar sobre los verdaderos efectos de la crisis de la pandemia: muchas personas se han quedado sin poder acceder a alimentos de la canasta básica, mientras que algunos estadounidenses de la fuerza laboral están renunciando a sus trabajos por negarse a volver a trabajar fuera de casa.

Aunque estas acciones pueden ofrecer ayuda en un corto plazo, la crisis ambiental y la pandemia han dejado una emergencia alimentaria más severa de la que se verán los efectos en los próximos años. La manera de enfrentar estos retos, no es ayudando para que “no estorben”, sino enfocando los esfuerzos a hacer estrategias sistémicas que ayuden a combatir la inseguridad alimentaria, que hoy en día, sufren personas en todo el mundo, aún en algunos de los “países de primer mundo”. En un ejemplo del uso del espacio público, podemos darnos cuenta de cómo estas crisis de la desigualdad se hacen evidentes, aún en un acto tan cotidiano para muchos y tan inseguro para otros, como lo es el hecho de poder llevarse a la boca un alimento.

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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