La cinta Cold War regresa a uno la capacidad de ser trastornado a través del arte. “Trastornar” en su acepción de inquietar o perturbar.

El director polaco Pawel Pawlikowski presenta una historia de amor contenida por púas ideológicas que el entorno polaco abrevaba durante la posguerra. Su exquisita fotografía genera un lenguaje estéticamente puro donde un espejo, por ejemplo, refleja un poema de amor.

La historia, acotada entre 1948 y 1964, cuenta la relación entre un director de un grupo de música folclórica con una de sus integrantes. Sólo con pasión la pareja logrará sortear las trampas del estalinismo donde su hipernacionalismo es utilizado para tratar a la nación como un conjunto de estúpidos corderitos.

Benjamin Netanyahu no verá la película. Su capacidad para utilizar el Holocausto como un objeto estéticamente manipulable no tiene parangón entre nuestra clase política global.

En clave electoral, el primer ministro israelí autodestruyó la cumbre de Visegrado (incluye a Hungría, Eslovaquia,, República Checa y Polonia) que por primera ocasión saldría de Europa desde 1335 para realizar sus actividades, en esta ocasión, en Jerusalén. Netanyahu y su ministro de Exteriores se encargaron de lanzar latigazos retóricos a las heridas del gobierno nacionalista de primer ministro polaco Mateusz Morawiecki.

El viernes 15 de febrero Netanyahu cuestionó el papel de Polonia en el Holocausto. Lo hizo a sabiendas de que el Partido Ley y Justicia del nacionalista polaco Jaroslaw Kaczynsi aprobó el año pasado una ley que tipifica como delito el uso de la expresión “campos de concentración polacos” en alusión a las zonas de exterminio humano creadas por los nazis.

Por si la herida demandaba meter el dedo en ella, Netanyahu le pidió a su ministro de Exteriores proceder a agredir frontalmente al gobierno polaco: “Numerosos polacos colaboraron con los nazis y, como lo dijo (el ex primer ministro israelí) Yitzhak Shamir, ‘los polacos maman el antisemitismo en la leche de sus madres’”.

La “diplomacia” del primer ministro israelí minó la reunión del grupo de Visegrado por obvia razón. Lo que es éticamente reprobable es utilizar el Holocausto en el preámbulo de una campaña electoral como lo está haciendo Netanyahu.

Toda crítica hacia su forma de gobernar, el premier la desvía al terreno del antisemitismo. La rentabilidad electoral puede ser alta; sin embargo, ni la corrupción de su familia ni la de su gobierno tendrían que ser vinculadas con el Holocausto.

Su lamentable postura frente a Polonia ocurre en la misma semana en que el filósofo Alain Finkielkraut fue agredido verbalmente por chalecos amarillos en París, en un vergonzoso ataque antisemita. Francia, el país enciclopedista, enfermo de ideologías de odio. Durante el último año, ha crecido el número de ataques antisemitas en 74 por ciento.

Netanyahu debería ser más sensible a la hora de agredir verbalmente a otras naciones. El polvo nacionalista está cubriendo por completo al planeta. Pocos saben los efectos que causará el mismo, en particular, a la política.

Por lo pronto, ver la película Cold War resulta reconfortante: el amor antes que la ideología. Siempre.

Netanyahu no la verá.

@faustopretelin

Fausto Pretelin Muñoz de Cote

Consultor, académico, editor

Globali... ¿qué?

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.