El futuro de México se dirime en sus ciudades. En realidad, una política exitosa de desarrollo económico es necesariamente una política de ciudades exitosas. Lo hemos repetido de manera incesante: el abatimiento de la pobreza y el desarrollo económico se vinculan de manera inevitable al proceso de urbanización. Sin embargo, México ha carecido de una política nacional de ciudades; muchos políticos y presupuestos públicos siguen anclados en la visión anacrónica de un México bucólico, campesino.

Nuestro país debe acelerar la migración rural-urbana y plantearse que, hacia la mitad del siglo, más de 90% de la población viva en ciudades, especialmente, en grandes ciudades. Alrededor de 400,000 millones de pesos del presupuesto del Estado se destinan a apoyar (subsidiar, subvencionar, otorgar rentas) al campo; ¿cuánto a las ciudades? Ni siguiera se contabiliza de manera explícita. No hay diputados del sector urbano (como los hay del sector campesino) que exijan presupuestos para infraestructura, servicios, y espacio público de calidad en las ciudades. Veremos qué hace la nueva Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano.

Durante mucho tiempo, economistas interesados en economías regionales y urbanas concentraron su atención en la dinámica de localización geográfica de empresas, en la división espacial del trabajo y en el fenómeno de aglomeración y de formación de clústeres o complejos industriales. Es decir, se focalizaron en explicar la concentración o la dispersión de actividades económicas en el espacio geográfico. Hoy, los enfoques han cambiado y es más relevante estudiar a la gente, a las personas o individuos que crean empresas y trabajan en las industrias o sectores económicos atraídos por las ciudades. Es más interesante, a la luz de la nueva economía de la información, estudiar al capital humano como motor del crecimiento económico y a las variables que determinan su distribución geográfica en distintas ciudades. Tengamos en cuenta, como decía Robert Lucas (célebre por acuñar el principio de expectativas racionales en economía), que las ciudades funcionan para atraer, reclutar y organizar capital humano y generar enormes externalidades positivas para todos.

Numerosos estudios muestran que la productividad de las personas aumenta considerablemente en grandes aglomeraciones urbanas y, por tanto, sus ingresos (desde luego, Edward Glaeser), y que, en realidad, las empresas tienden a localizarse en ciertas ciudades, clústeres o complejos regionales por la disponibilidad de talento y capital humano, y no tanto por el acceso a proveedores o clientes. Las personas o individuos con mayor capital humano (educación, audacia, carácter emprendedor, dispuestas al esfuerzo personal), a su vez, tienen cada vez más movilidad y buscan ubicarse en sitios o ciudades donde convivan con otras personas que refuercen su productividad a través del conocimiento y economías de proximidad.

Prefieren ciudades que ofrezcan -desde luego- trabajo, pero también, buenos servicios, infraestructura, espacios públicos de calidad, belleza, amenidades y oferta cultural, ciertos estilos de vida y diversidad, que les permita insertarse y conectarse con facilidad en el tejido social. O sea, con respecto a este último punto, que existan pocas barreras de entrada al mercado de trabajo y a las redes de convivencia social. Todos los factores anteriores están presentes en distinta medida en cada ciudad y determinan crecientemente la llegada y permanencia de empresas, que, a su vez, demandan más talento o capital humano en una espiral de incremento en los ingresos de la población.

En general, las ciudades con un amplio acervo de capital humano serán ciudades donde vivir resulte algo placentero y estimulante. La belleza urbana y la calidad del espacio público quedan asociadas a la competitividad de las ciudades. Un análisis notable de Richard Florida de la Universidad de Carnegie Mellon lo documenta y lo demuestra a través de un ingenioso modelo econométrico basado en conjuntos de variables que representan al talento y capital humano, a la calidad del espacio público y de la vida urbana, y a la diversidad social (como aproximación a bajas barreras de entrada).

Las relaciona significativamente en términos estadísticos con la localización de industrias de alta tecnología y con los ingresos y nivel de vida de la población. Llama la atención que la diversidad es medida a través de la presencia relativa de parejas homosexuales (gays) como indicador de tolerancia y facilidad o bajos costos de inserción en el tejido social. Los resultados estadísticos son robustos.

En fin, todo esto tiene la finalidad de iluminar la importancia de promover ciudades tolerantes, hermosas, con espacios públicos de calidad y una buena oferta cultural como fórmula de competitividad, atracción de talento e inversión privada, ingresos más altos y menor pobreza. Necesitamos una sólida y ambiciosa política de ciudades.

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