Esperemos que la ciudad de México se empiece a mover pronto y deje atrás cierta histeria sobre la estatua de un obscuro personaje (como las hay muchas) y sobre perros asilvestrados. Además de la seguridad pública y del urgente restablecimiento de la legalidad y el Estado de Derecho, las políticas urbanas van a definir el verdadero perfil del gobierno de Miguel Ángel Mancera. Está muy bien que esta semana se haya integrado un Consejo de Desarrollo Urbano y que tanto el Jefe de Gobierno como el titular de la Seduvi se hayan pronunciado abiertamente en favor de una ciudad densa y compacta, vertical y sustentable. Ya es un logro. Pero tiene que codificarse en nuevas políticas y, sobre todo, en proyectos, a partir de capacidades de gran solvencia tanto técnicas como de ejecución en el Gobierno del DF.

Habrá que modificar igualmente el andamiaje de facultades entre el gobierno central del DF, la ALDF y las delegaciones. La ciudad no merece estar a merced de una Asamblea atascada en la ineptitud y el oportunismo y guiada por intereses políticos facciosos; tampoco de las redes de corrupción y clientelismo consustanciales a gobiernos delegacionales efímeros (de sólo tres años). ¡Cuidado con la reforma política para el DF! La ciudad no puede fragmentarse jurisdiccionalmente aún más ni sus engranes de gobernanza ser saturados de arena como sacrificio a los dioses del formalismo pseudodemocrático.

Se requiere ahora socializar una visión clara y a largo plazo para la ciudad: una compacta y densa; eficiente y competitiva; sustentable; policéntrica; segura; bajo el imperio de la legalidad; hermosa y funcional; entretejida con espacios públicos de alta calidad, esenciales para el disfrute, la convivencia social y cívica, así como la creación de identidades locales. Esta visión debe quedar plasmada en el nuevo Programa General de Desarrollo Urbano, al igual que en los programas delegacionales y parciales. Pero la planeación sin proyectos y sin capacidades de ejecución se reduce a un estéril ejercicio onanista. Desde el Programa, el GDF debe asumir una cartera de proyectos estratégicos que concreten su visión y objetivos: intervenciones físicas en el tejido de la ciudad capaces de regenerar, reciclar, revitalizar y modificar el paisaje, así como la dinámica económica y social, y de irradiar ampliamente efectos virtuosos en sus inmediaciones.

Las oportunidades son grandes y con diferentes escalas de costo y complejidad política: expandir y acelerar el exitoso rescate del Centro Histórico, incluyendo la demolición del infame mercado de la Merced –foco de infección urbana y social– y su reciclaje en vivienda mixta y servicios. Construir verdaderos centros de transferencia modal de transporte público modernos e invitantes, en sustitución de la inmundicia degradante que ofrecen Indios Verdes, Chapultepec, Universidad, Observatorio, Mixcoac y Tacubaya. El re-desarrollo de Insurgentes en el tramo que va de Reforma a Viaducto, necrosado por inmuebles abandonados o subutilizados (de uno o dos niveles) y en usos degradantes, a pesar del gigantesco potencial de valorización inmobiliaria que tiene. Lo mismo puede decirse de Avenida Chapultepec y de la calzada de Tlalpan, que poseen una densa infraestructura de transporte. Cabeza de Juárez debería convertirse en un atractivo centro urbano para el oriente de la ciudad (Iztapalapa, Iztacalco). Tacuba podría recuperar su esplendor antiguo y popular extirpando al ambulantaje y con un programa serio de revitalización y mejora del espacio público, de inmuebles y fachadas.

Los corredores del Metrobús deben ser relanzados para su densificación, mientras que el nodo comercial de Avenida de la Paz-Revolución-Altavista en San Ángel exige a gritos un programa de reordenamiento vial, ampliación de aceras, rescate arquitectónico y mejora del espacio público. Los ejes viales pueden ser acondicionados con camellones arbolados, sin gran menoscabo para el tránsito, y multiplicarse las calles peatonales en el propio Centro Histórico (después del éxito de Madero) y en otras zonas de centralidad urbana como Coyoacán, San Ángel, Santa María la Ribera, Azcapotzalco, Tacuba, Tlalpan, Iztapalapa. Los mercados públicos pueden ser objeto de dignificación y actualización funcional; y los bajo puentes, recuperados no sólo para comercios o gasolineras, sino, por ejemplo, con instalaciones para jóvenes escatos (como ocurre en el de San Cosme y Circuito Interior).

Proyectos como los anteriores demandan liderazgo y habilidad negociadora, firmeza, determinación y pericia política, no sólo una sensibilidad informada y visionaria. Implican acciones de compra o expropiación de predios, desalojo de vendedores ambulantes, confrontar o sumar a las delegaciones y a la ALDF, nuevas regulaciones, afectación de intereses creados y fórmulas audaces de alianza público-privada. Eso, para que valga la pena gobernar.

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