Con todo el dolor de mi corazón, las repercusiones colaterales de la venta de Banamex serán inexorablemente desfavorables.

Según informes –necesariamente sorprendentes–, el presidente de la República ha encargado al canciller, Marcelo Ebrard, la misión de captar para México Inversión Extranjera Directa (IED). Desde el punto de vista de la racionalidad administrativa, la decisión presenta tanta coherencia como encomendar a Olga Sánchez Cordero la tarea de procurar el desarrollo forestal del país al médico Hugo López-Gatell, el impulso de la minería.

Ojalá que en su nueva encomienda, el canciller Ebrard no muestre igual solvencia que cuando encabezó el proyecto para la construcción de la Línea 12 del Metro capitalino. El fallido proyecto, ya le costó la vida a cerca de 30 almas mexicanas además de más de 50 heridos graves.

Pero más allá de la perspectiva administrativa y de antecedentes personales desfavorables, los pronósticos para la misión encomendada a Ebrard no se presentan propicios. Y el panorama pasó inexorablemente el día de ayer a ponerse más gris, cuando se recibió la muy poco esperada nueva de que el poderoso intermediario estadounidense, Citibank, ha decidido poner a la venta las acciones de su filial en México, Banamex. Bajo la razón social original de Banco Nacional de México, se trata de la institución bancaria más antigua del país con establecimiento en el año 1884. También, una de las más importantes.

Con respecto a su excelente editorial del día de ayer 12 de enero, (“¿Por qué Citi vende Banamex?”), al autor, Luis Miguel González, le faltó hacer mención de los efectos de contagio que una operación de salida de esa magnitud e importancia ejercerán sobre la propensión a invertir en México por parte de las empresas del extranjero y los inversionistas del exterior. Y desde luego, esta última nueva del letrero “se vende” para Banamex, se suma a todas las demás fuerzas que han venido operando para inhibir la inversión privada en México, tanto nacional como externa.

Con todo el dolor de mi corazón, las repercusiones colaterales de la venta de Banamex serán inexorablemente desfavorables. Ello, a manera de confirmación para la célebre sentencia del presidente Ruiz Cortines: ¡Nada es estrictamente privado, todo es público!”. Esto, independientemente de los grupos empresariales que se perfilen como posibles compradores. En primer lugar, en razón de que se trata de uno de los bancos más importantes del país, con inmensa tradición e “importancia sistémica”. Incluso, esos efectos laterales se dejarán sentir si el comprador es un gran banco del extranjero.

bdonatello@eleconomista.com.mx

Bruno Donatello

Columnista

Debate Económico

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