La violencia va en el curso, catástrofe .

Libro de los Antiguos Misterios

Las precampañas han ido abriendo surco en el duro terreno electoral. Tan duro, que está alejado de la realidad y se muestra reacio a captar temores y temblores, flujos de energía e iniciativas creadoras de los que caminan en la llanura: los vivientes singulares que se acercan y se alejan entre ellos, según el ritmo estratégico que sostiene la propia vida.

Se ve la vida tan lejos de la política, cuando la política va con vida y muerte. Lo dijo Max Weber: La política tiene la seriedad de la muerte . Por lo pronto, el curso muestra vertientes separadas. Las cosas que suceden cada día aparecen a una distancia inconmensurable de las precampañas, pese al esfuerzo evidente de los que en ellas participan en cada partido.

Se evidencia, por una parte, el carácter insuperable de la política de partidos, prácticamente burocratizada en todas sus dimensiones. El político profesional es el político profesional Con todo lo que ello implica. Está por verse si las candidaturas ciudadanas rompen esa dura costra, aunque de inmediato se verán amenazadas por una extraña corriente de inmovilización y petrificación.

Por otra parte, a simple vista, las precampañas se antojan largas. Ésa es la percepción inmediata, y si se comparan con los 90 días de las campañas efectivas existe una desproporción. No se puede imitar las primarias estadounidenses, pues las condiciones son distintas. Pese a todo, las precampañas se han desarrollado con normalidad. La ambigüedad de algunas disposiciones, como las relativas a la competencia entre precandidatos y a la situación del candidato de unidad, hecho político mayor en dos de los partidos, se ha superado gracias a la intervención del IFE con aclaraciones reglamentarias oportunas. El principio de igualdad debe preverse en la ley electoral.

Ahora surge la cuestión de los debates, cuántos y quién los organiza. El IFE, de nuevo, ha integrado un Comité para reglamentar el asunto.

Conviene preguntarse, por ello, si no se corre el riesgo de un hiperintervencionismo reglamentario. Todo barroquismo jurídico multiplica los problemas legales. ¿No pueden acordar eso los propios candidatos? No conviene hacer de los debates una ontología democrática absurda:

mientras más debates, más democracia. Lo cual es falso y engañoso. ¿Por qué el mejor en el debate sería el mejor gobernante? El asalto de la seducción es inevitable, pero no conviene que los debates se conviertan en un concurso televisivo.