Al margen de los resultados finales de la elección, se pueden identificar ganadores y perdedores de las campañas electorales recién concluidas.

Muchos factores inciden, pero las campañas exitosas descansan esencialmente en el buen funcionamiento del binomio partido-candidato.

En este sentido, la campaña del PAN salió mal librada. Josefina Vázquez Mota hizo un excelente trabajo en la contienda interna, pero ya como candidata enfrentó la fractura panista, los ajustes de cuentas y la desbandada de figuras simbólicas. Quedó descobijada y mantuvo una heroica lucha casi en solitario. Pero en un sistema partidario como el nuestro, incluso el mejor candidato necesita el respaldo de su partido. Eso lo vivió el mismo Vicente Fox y de ahí, lo imperdonable de su traición.

Del lado izquierdo, el binomio funcionó pero se agotó. La tersura en la designación de candidato presidencial del PRD, alcanzada gracias al racionalismo político de Ebrard, permitió la rápida cohesión en torno de su abanderado y le dio a la campaña de López Obrador el espacio necesario para crecer. Sin embargo, el talante autoritario de AMLO acabó imponiéndose y pasó lo que tenía que pasar. Un candidato que dice y hace lo que quiere, abandona el script amoroso y amenaza nuevamente con mandar al diablo la elección.

La campaña vencedora fue la del PRI. Atrás quedó el fracaso del 2000 con Francisco Labastida y el desastroso paso de Roberto Madrazo seis años después. Esta vez, partido y candidato dieron cátedra de estrategia y disciplina. Los priístas lograron superar diferencias y mantenerse unidos. Y aunque pocos quieran reconocerlo, Enrique Peña demostró enorme oficio político y logró lo que parecía imposible: conservó su ventaja de dos dígitos en todas las encuestas.

Si los resultados del próximo domingo confirman esta evaluación, habrá -entre muchas- una posible explicación.

Al PRI le estará redituando haber entregado pacíficamente el poder en el 2000 y haber actuado institucionalmente en el 2006. Las denuncias de fraude y las descalificaciones a las autoridades electorales no han venido del tricolor. Se dirá que ello obedece a que van a la cabeza en la contienda, pero hay que recordar que tampoco acudieron a ese expediente cuando quedaron en tercer lugar.

Guste o no, el viejo partido autoritario aprendió a comportarse y, luego de sus derrotas, ha regresado a jugar por la vía democrática y respetando las instituciones. Parece poca cosa, pero no lo es.

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