En ocasiones ciertos eventos llevan a algunos a aseverar que la historia sólo se repite en ciclos; no hay nada nuevo bajo el sol. Ahora resulta que un grupo de notables, dentro de los que destaca la autodenominada izquierda y algunos empresarios que quieren ser socialmente responsables, están argumentando que lo mejor para el país, en materia de ciencia y tecnología, es tener una Secretaría en la materia.

Es más, para los asuntos culturales también hay quienes dicen que es necesaria una entidad federal responsable. Para tener una referencia en el análisis, recordamos aquella aseveración de un Premio Nobel de Economía: Si el gobierno administrara el desierto del Sahara, tendríamos escasez de arena . Esto lo aplican algunos expertos a las drogas, sugiriendo que deberíamos tener en el país el consejo nacional, el instituto federal -autónomo desde luego- o la secretaría de las drogas, y con ello aseguramos su desaparición paulatina y definitiva.

Un dato puede resultar relevante: durante el denominado desarrollo estabilizador, del cual podemos opinar lo que gustemos en materia de distribución, el gasto público representaba alrededor de 17% del PIB, la economía creció a una tasa promedio anual superior a 6%, la deuda externa no superó los 3,700 millones de dólares y la inflación promedio fue inferior a 3% anual. Cuando alguien decidió que las finanzas se llevaran en Los Pinos y que teníamos que aprender a administrar la abundancia, el gasto público llegó a representar más de 33% del PIB y la deuda publica alcanzó los 77,000 millones de dólares; la economía siguió creciendo algunos años, con fuertes altibajos, pero la inflación se destapó y las devaluaciones del tipo de cambio se encargaron de eliminar cualquier ganancia de bienestar de los pobres, por lo cual la distribución empeoró.

Ya en materia de ciencia y tecnología, la inversión nacional en la materia, antes de crear el instituto encargado, no rebasaba 0.40% del PIB.

Luego de crear la distinguida institución, de aumentar su presupuesto y pasarle el dinero producto de las multas impuestas por el IFE y de cientos de burócratas en sus nóminas, algunos disfrazados de investigadores, la inversión nacional sigue sin rebasar 0.45% del PIB, lo cual nos habla del éxito rotundo de la idea. Ya podemos competir con los asiáticos o los escandinavos ni qué decir de los alemanes. ¿Alguien habrá notado que en esos lugares la inversión es abrumadoramente privada?

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