La batalla por la defensa de la libertad, la economía libre y la propiedad privada se intensifica conforme el socialismo avanza en todo el continente.

Basta mirar lo que ocurre en México, Argentina, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y recientemente en Chile. Incluso países como Colombia que, a pesar de tener gobiernos sensatos, una izquierda guerrillera se radicaliza para desestabilzar las instituciones democráticas.

En las últimas décadas, Chile ha sido un referente en América Latina, el país que acertadamente apostó por la libertad económica y la institucionalidad logrando lo que pocos han hecho. Chile pasó de una hiperinflación de 500% en 1973 a menos del 5% en los años 2000. ¿Qué sucedió con el país que logró cuadruplicar su ingreso per cápita entre 1975 y 2015 alcanzando los 23,000 dólares, el más alto de América Latina?

Sí, el país que también redujo la pobreza del 45% al 8% está a punto de acabar con esta gran historia de éxito a partir de un plebiscito que avala cambiar la Constitución. La izquierda ha prometido la redención inmediata con tan sólo enterrar la Constitución de Pinochet. El problema no es creer semejante mentira sino entender la raíz de todo esto; lo que mi querido amigo Axel Kaiser explica como una depresión que los ha llevado al suicidio. ¿Qué generó esta depresión? Odiar lo que ellos mismos construyeron.

El odio ha podido más que la evidencia y la esperanza. El resentimiento que la izquierda pregona nubla cualquier posibilidad de entender el origen de los problemas para resolverlos de raíz y, en cambio, orilla a las personas a creer en soluciones mágicas que nunca llegan y que sólo empeoran la realidad. 

Axel Kaiser lo advirtió desde hace varios años, “Chile viene cultivando un estado depresivo mediante un discurso público flagelante, que se negó sistemáticamente a reconocer el progreso que habíamos conseguido mientras se encargaba de demonizar al mercado, a los empresarios, al lucro y a todos aquellos principios que nos habían sacado de la mediocridad que históricamente nos había caracterizado.”

Es tanta la hipocresía de la izquierda socialista que, al mismo tiempo que se declaran enemigos de una dictadura como la de Pinochet, abrazan las ideas fracasadas de personajes tan despreciables y nefastos como Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro a quienes aplauden y defienden sin pudor. Ahora resulta que, dependiendo del dictador, se puede aprobar o rechazar la dictadura.

Quienes creemos en la Libertad y reconocemos en Chile un ejemplo de lo que se hizo bien y funcionó, hemos fallado en construir una narrativa mucho más atractiva e incluyente que demuestre que la prosperidad no es un juego de suma cero. No bastan los argumentos y apelar a la razón, debemos conectar desde las emociones para evitar que la manipulación de la izquierda nos arrebate el futuro.

Lo que sucede en Chile no debe ser ignorado por quienes aún creemos que una América Latina más libre y próspera es posible. Tampoco debe desmotivarnos. Aprendamos del milagro chileno pero sobre todo de los errores que hoy están a punto de acabar con él para evitar un suicidio mayor.  

Twitter: @armando_regil