La relación del ser humano con el poder y sus extraños efectos en la personalidad, deben ser motivo de análisis. Después de casi 200 millones de años de presencia homo sapiens en el planeta, no tenemos claro los riesgos. Algunas expresiones del poder son extremadamente difíciles de comprender y, sobre todo, de admitir.

¿Qué pasa por la mente de muchos políticos y gobernantes cuando acceden a un cargo público y a las influyentes redes de poder que de él emanan? ¿Por qué pierden todo sentido de sensatez, prudencia, vocación, decencia y honradez?

Los más grandes pensadores de la humanidad han dado explicaciones sobre lo que debe ser un buen gobierno y los cimientos de una sociedad digna. Platón, por ejemplo, hablaba de gobernantes con justicia en el alma, mientras que Maquiavelo decía que la política debía ser ejercida por un individuo ideal y virtuoso. Pero lamentablemente seguimos padeciendo todo lo contrario: gobernantes obsesionados por arrebatar ilegítimas posiciones y arrancar privilegios indebidos a través de engaños, simulación y deshonestidad absoluta.

Hay una teoría que resulta especialmente interesante para explicar esta trágica realidad. Desde la perspectiva de la neurociencia, el investigador Eduardo Calixto parece tener una respuesta oportuna: el poder transforma y deforma el cerebro de las personas. Tras un análisis de la historia de corrupción en México, generada por las conductas ilícitas de gobernantes y la descomposición política, concluye que un político suele convertirse en otra persona distinta cuando accede al poder.

Como candidatos, los políticos aparentan y simulan ser más humanos, pero al llegar a los cargos públicos añorados empiezan a sobrestimar sus propias capacidades y a ignorar los puntos de vista de otros, explicó este investigador recientemente en una entrevista radiofónica (WRadio, 2017). Detalló que se trata de un proceso que se gesta a nivel cerebral y tiene relación directa con la neuroquímica y los efectos hormonales por la adrenalina, el cortisol (vinculada al estrés) y la testosterona en grados aumentados. En estas condiciones, los gobernantes pierden escrúpulos y capacidad de sentirse observados y poder ser castigados. Pero lo peor de este nocivo proceso de empoderamiento es que no solo desensibiliza al político corrupto, sino también a las sociedades víctimas de dicha corrupción.

De acuerdo con Calixto, la corteza perifrontal de estos políticos hace que sus conductas se perviertan y todo arrepentimiento se anule; su empatía se vuelve prácticamente inexistente y su doble moral brota a la mínima provocación.

Cerebros débiles

Aristóteles, desde la antigüedad, afirmaba que solo en la sociedad política, el hombre puede lograr su perfección y plenitud moral. De haber conocido al México de hoy, seguramente este filósofo habría retractado su opinión, al constatar que las brújulas políticas están perdidas y no se ve cómo recuperarlas. Nuestra clase política nacional está pasando a la historia por su inmundicia y quizá tengan en común cerebros transformados por el poder, ante su rechazo y negación total a los valores humanos.

La sociedad mexicana no puede seguir asumiendo este terrible fenómeno neuro-criminal como algo normal u ordinario. Dejar la legalidad y las buenas prácticas políticas a las hormonas, es un suicidio social.

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