Los recientes acontecimientos relacionados con la breve detención de Jorge Hank Rhon enturbiaron el ya de por sí crispado ambiente político y sembraron en la sociedad un desconcierto absoluto sobre el sistema de justicia del país, ya de por sí maltrecho y cuestionado por los ciudadanos.

La mediatización desmedida de los acontecimientos abonó a esta comedia de errores, en la que la procuradora Marisela Morales fue colocada en una injusta posición de vulnerabilidad, no tanto por el fondo de su actuación, sino por la exposición mediática que permitió se le sometiera en los primeros momentos, en que todo parecía indicar que nos encontrábamos ante el ocaso de los resabios de un pasado indefendible, personificado por Hank Rhon.

Alguien ingenuamente pensó que Jorge Hank sería presa fácil y que en su caída arrastraría la imagen del PRI, que se enfila a una aplastante victoria en el Estado de México, fortaleciéndose para la elección presidencial del próximo año.

Por lo contrario, en el recuento de los daños, en los ciudadanos queda el sabor de que los panistas en el poder no tienen el oficio ni para someter a juicio a uno de los más vulnerables personajes relacionados con lo más antiguo del antiguo régimen.

Maltrecha queda también la imagen del Ejército Mexicano, metido por idea de quién sabe quién a labores policiales, particularmente en el caso de Hank Rhon, en el que realiza toda una serie de actuaciones de naturaleza policial sin la presencia de un agente del Ministerio Público federal, que hubiera podido articular las actuaciones para darle un contenido jurídico que las hiciera defendibles ante la autoridad judicial, que eventualmente tendría en su jurisdicción la resolución del asunto.

Parece un error de estrategia el hecho de no haber solicitado el arraigo de Hank Rhon desde el primer momento. Dadas las circunstancias es previsible que la autoridad judicial federal habría obsequiado dicha solicitud sin mayor contratiempo.

El arraigo hubiera permitido la reflexión y el trabajo cuidadoso de la Procuraduría General de la República. En cambio, el órgano federal de procuración de justicia se vio obligado a trabajar sobre las rodillas, quizás evaluando que ningún juez se atrevería a resolver la libertad de Hank Rhon en el plazo constitucional. Mediáticamente la culpabilidad era clara, contundente e inobjetable. Parecía que nadie podría impedir que Hank enfrentara un largo proceso judicial, sirviendo como muestra y ejemplo de lo que vendría, se dice, a otros ilustres integrantes del Partido Revolucionario Institucional (PRI), exgobernadores incluidos.

Y como en las buenas comedias, el final no era el final. Faltaba la lamentable actuación del gobierno de Baja California, que ordenó a su Procurador realizar una detención prendida con alfileres, en la que un juez del fuero común negó, por si algo no había ocurrido, el arraigo del ya para entonces célebre Hank Rhon.

Alguien por supuesto pagará los platos rotos. Cuentan que el enojo en las altas esferas del poder es de época. No es para menos, la detención de Hank era el primer eslabón de una cadena que tenía como finalidad sujetar al PRI en su camino de regreso a Los Pinos y de paso si se podía, revertir las tendencias en el Estado de México para hacer menos contundente el triunfo del PRI en dicha entidad.

Después de este entuerto, lo único que queda claro es que la batalla por el poder de la República será cruenta e inmi­sericorde. Algunos ya se sumergieron; otros se andan pegando a la pared.