Como era de esperar, los europeos que han tenido el monopolio a la cabeza del Fondo Monetario Internacional (FMI) desde su creación pretenden continuar controlando a esa institución e imponer a Christine Lagarde, ministro de Finanzas de Francia, como la única opción viable para dirigir sus destinos. Sus argumentos eran los previsibles, empezando por afirmar que sólo un europeo puede lidiar con éxito el principal problema que enfrenta actualmente el Fondo, que es el relativo a la precaria situación de países como Grecia, Irlanda y Portugal, que no pueden hacer frente a su elevado endeudamiento.

Dicen los europeos y sus medios de comunicación -con notables excepciones, como la del semanario The Economist- que nadie que no sea uno de ellos tiene el tacto, la capacidad y el talento para encontrar una solución apropiada a los problemas de países que comparten el euro como moneda común.

La reciente reunión del G-8, grupo obsoleto que reúne a los principales países industrializados, cinco de los cuales son europeos -Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y Rusia-, además de Japón, Canadá y Estados Unidos, representó la ocasión para exhibir la imagen que se había generado un consenso en favor de Lagarde.

Coreografiada cuidadosamente por el hiperactivo presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, la reunión del G-8 en Deauville, el bello puerto de la costa atlántica de su país, apareció más bien como el escenario óptimo para impulsar la candidatura de Lagarde y dar la impresión de que había un consenso universal en su favor.

Al tiempo que esto ocurría en Europa, el gobierno de México anunció formalmente la candidatura del gobernador de su banco central, Agustín Carstens, para hacerse cargo de la jefatura del FMI, en lo que parecería una batalla perdida de antemano dado el ruido generado alrededor de Lagarde.

Las calificaciones de los dos únicos candidatos que hasta ahora están oficialmente en la contienda por la dirigencia del FMI no dejan la menor duda. Mientras que Carstens es un economista reconocido internacionalmente, especializado en asuntos financieros, la señora Lagarde es una abogada que trabajó muchos años en el despacho de corporativo transnacional Baker & McKenzie.

En esa firma, la señora Lagarde llegó hasta la Presidencia de su Comité Ejecutivo después de trabajar en asuntos ligados al derecho laboral y antimonopolios, lo que poco tiene que ver con la álgida situación de los países europeos que enfrentan un problema que los mercados financieros perciben como de excesivo endeudamiento.

Desde que la señora Lagarde dejó el bien remunerado sector privado transnacional, se ha hecho cargo en el gobierno de su país de los ministerios de agricultura, pesca y comercio de forma sucesiva, lo que acredita su capacidad para lidiar con temas muy diversos, aunque no los de índole financiera, los que ha trabajado sólo en los últimos cuatro años.

Por el contrario, la biografía de Carstens acredita que se ha especializado toda su vida en temas financieros internacionales. Empezó su carrera en el Banco de México, que hoy dirige, donde cubrió todos los puestos relevantes para entender las funciones de un banco central y sus interconexiones con el resto del mundo.

Estudió Economía en el ITAM y en la Universidad de Chicago y en ambos casos trabajó sus respectivas tesis alrededor de temas alusivos a la paridad de la moneda, lo que obviamente está íntimamente vinculado al endeudamiento e insolvencia que hoy afligen a la periferia europea.

Mucho más importante para decidir cuál de los candidatos es el mejor para dirigir el FMI en las actuales circunstancias es definir quién tiene el mejor récord profesional en los temas requeridos para el difícil trabajo que indudablemente le espera a quien presidirá esa institución.

En esta categoría, Carstens supera a Lagarde sin la menor duda, al haber estado intensamente involucrado en la crisis de la deuda en América Latina de principios de los años 80 y en su eventual solución, y al haber participado en el equipo que enfrentó las terribles consecuencias financieras del error de diciembre de 1994 en nuestro país y que consiguió una recuperación de la economía en tiempo récord.

Además de su experiencia como Subsecretario de Crédito Público y principal negociador de Hacienda con el Congreso, más adelante también como Secretario de esa misma dependencia, ha tenido dos estadías en el FMI, una como miembro del Directorio entre 1999 y el 2000, y la otra como Director Ejecutivo Adjunto del 2003 al 2006.

Si de méritos se trata, Carstens es por mucho el mejor candidato.