Finalizó la simulación del periodo de “pre” campañas, un proceso sumamente costoso, no sólo en dinero sino en el efecto que han tenido sobre la población votante. Si un saldo debemos de atribuirle a este ejercicio absurdo es que lograron fomentar aún más el hartazgo y el enojo generalizado. Las encuestas lo revelaron. Esta fase que ahora abarcará hasta el inicio “formal” de las campañas el 30 de marzo es propicia para hacer un alto en el camino para que los candidatos revalúen sus estrategias. Pero también nosotros los votantes debemos respirar hondo y hacer una reflexión, porque es mucho lo que está en juego el 1 de julio.

Algunos rasgos distintivos de este periodo fueron: (I) la ventaja de López Obrador sobre sus contrincantes en cualquier métrica que se utilice; (II) Anaya atacando a sus dos oponentes. ofreció pocas propuestas, sólo recordamos la del ingreso universal; (III) Meade atrapado en la esquizofrenia de querer convencer a los priistas de que no es ciudadano y a los ciudadanos de que no es priista, y IV) los independientes abocados a conseguir firmas en medio de una fraudulenta credencialización. En lo que a estrategia de campaña se refiere, la de López Obrador fue la mejor estructurada y la que ofreció más propuestas, aunque muchas de ellas absurdas, inviables, retrógradas, dignas de un echeverrísmo nostálgico que creíamos superado. La estrategia de Anaya ha sido muy difusa, además de que no conocemos quién es su equipo de campaña: ¿quién es su coordinador? ¿Quién es su equipo económico? El único vocero es él mismo. En el campo de Meade se conjuntaron tres equipos antagónicos: los peñistas empeñados en manejar la campaña, los dinos que quieren asegurar las viejas prácticas viciadas y tramposas, y los meadistas que flotan entre estas dos tendencias sin mucho poder de decisión. Todo ello aderezado con el vulgar golpeador de Lozano y el zafio mentiroso de Ochoa. Cada vez que habla sobre encuestas su cantaleta es la misma: “el único candidato que sube es Pepe”; andará parado de cabeza para interpretar así las gráficas.

Ahora, en este periodo de redefinición de campañas, López Obrador seguramente centrará más su discurso en la reconciliación, que es una buena estrategia para un puntero. Anaya deberá definir que su objetivo es despegarse para amarrar una contienda finalista de dos. El candidato priista deberá reordenar su equipo y apresurar ya su distanciamiento de la administración para desligarse del sello de la corrupción. Pero le costará mucho trabajo, pues el hartazgo y la rabia de la población tienen nombre y apellido: PRI.

Un ingrediente novedoso es que se han definido tres candidatos independientes. Ríos Piter parecería ser el que ofrece mejor discurso y estrategia y podría subir en su aceptación. La pregunta es: ¿a quién le restaría votos?

Muchos no hemos decidido nuestro voto. De ahí la importancia de los siguientes meses de campaña. Lo que exigimos es una contienda sin guerra sucia y que ofrezca sustancia con propuestas viables: el qué y el cómo. En ese contexto, el debate del 22 de abril podría ser definitorio: puede darse el despunte de dos candidatos y se puede afianzar uno de los independientes.