El tiempo es la mejor medicina para el alma. Al menos eso es lo que dice uno de esos viejos clichés que se le mencionan a los despechados luego de terminar una relación. La idea es animar al amigo, sacarlo del encierro al que parece destinado sin ningún tipo de frenos. Mostrar que afuera en el mundo, al menos en el pre-Covid-19, el mundo sigue. 

La industria de telecomunicaciones por muchos años ha mostrado otro aspecto. Es ese lugar especial donde nadie quiere estar acompañado de nadie, todos los protagonistas son ermitaños empedernidos que solo tienen algún tipo de interacción cuando la necesidad los obliga. Todo paso debe ser por un sendero propio y único que puedan tratar de emular, pero jamás copiar a la perfección. Así las redes son de cada cual, los tendidos de infraestructura son para uso propio y solo la no bienvenida injerencia de un mandato gubernamental puede quebrar esta postura. 

Sin embargo, parece que han llegado tiempos de hastío. La soledad de la montaña ha hecho recapacitar a quienes pregonaban una vida aislada del resto de sus pares, repentinamente las empresas hablan con la emoción de quien quiere ser parte integral de la sociedad y no precisamente se está hablando de un quinceañero. 

El tiempo sigue corriendo a la velocidad de siempre, la innovación tecnológica es la que ha ido redefiniendo los limites permitidos de la colaboración. Ahora esta es bienvenida pues los elementos de una red inalámbrica ya no se contabilizan en cientos o miles, sino cientos de miles e incluso millones. ¿Quién podrá enfrentar tal carga de inversión? 

Al final de cuentas estamos en un mundo donde la tendencia de los ingresos promedio por usuario y el ebitda de muchas empresas van a la baja. Mientras esto ocurre la situación macroeconómica pre-pandemia había tenido un impacto positivo en el crecimiento de la morosidad y tasas de deserción de clientes de servicios celulares.

Los apoteósicos niveles de Ebitda del pasado en conjunto con tasas interesantes por uso de espectro y costos cada vez mayores al momento de desplegar una nueva generación móvil son tan solo algunas de las variables que han llevado a más de un operador de servicios inalámbricos a buscar entre sus competidores la forma de subsistir revistando una de esas palabras que en la última década del siglo pasado no paraba de ser pronunciada en escuelas de negocio de números universidades: co-opetencia. 

El ecosistema de componentes de una red 5G ya va forzando a operadores de otras geografías a definir una estrategia en conjunto de despliegue en zonas no urbanas. Lo que durante tanto tiempo fue punto de controversia entre órganos de regulación y proveedores de servicio será solucionado con la asignación de frecuencias altas que requieren cientos (acaso podrían ser miles) de antenas pequeñas para poder dar una buena cobertura dentro de edificios o en caso contrario poder descargar el trafico de las redes móviles para que por medio de una conexión de microonda de punto a punto este pueda llegar a la red dorsal del operador de turno.

Ya que sabemos que tarde o temprano los distintos operadores de redes inalámbricas móviles estarán escuchando la misma tonada, lo que queda ver es como adecuar las leyes de los distintos mercados de América Latina y el Caribe para que estos movimientos no sean considerados ilegales en sus jurisdicciones. Suena sencillo, pero estoy seguro que más de una migraña será el resultado de esta nueva realidad. 

Solo hay que recordar que hasta el camino dorado hacia Oz estuvo lleno de peligros.