Ya nadie puede escatimar el adjetivo democrático a nuestro país. El péndulo de la alternancia ya ha barrido todo el espectro político. En prueba y error México avanza o se empantana. Falta saber si nuestra democracia plena es también un sistema eficaz para generar bienestar, prosperidad, seguridad y legalidad y sustentabilidad.

Asistimos a un verdadero cambio de régimen, al umbral de una nueva época o segunda democracia, en un extraordinario ambiente de civilidad (salvo el vandalismo en Puebla) y esperamos también que de reconciliación y pluralidad. Serían tóxicas la exclusión y alienación. En especial, dado que el sistema de partidos ha quedado demolido y no se vislumbra una oposición funcional. Sin oposición y partidos institucionalmente sólidos la democracia es impracticable. Cuidado. Morena todavía debe transitar de movimiento con un líder carismático a un partido institucionalizado.

Tenía que ocurrir. Era imposible mantener a raya un clamor generalizado de cambio y repudio a los partidos tradicionales, aunque no conozcamos bien a bien su desembocadura ni sus alcances verdaderos. Caminaremos al filo entre reforma o revolución. Ahora, con una nueva hegemonía absoluta en el Poder Ejecutivo, en el Congreso, en buen número de gubernaturas y congresos estatales ya no hay pretextos. La nueva hegemonía absoluta implica una responsabilidad absoluta. Las ganas de creer son enormes y las expectativas desbordadas. Tal vez sea sano, pero es riesgoso. Someterán al nuevo gobierno a presiones inéditas; el peligro de frustración será permanente.

En todo caso, el previsto y arrollador triunfo de AMLO y su partido Morena puede ser un bálsamo, un injerto saludable en el cuerpo social que mitigue el resentimiento, la desconfianza y el encono de quienes no se habían sentido representados por la democracia mexicana y dudaban o negaban su imparcialidad. Ahora se pueden apropiar de ella, legitimarla, defenderla y perfeccionarla.

Quedó claro que se puede acceder al poder a través de las instituciones de la democracia representativa y de convencer al electorado. Ya no caben el coqueteo con la subversión y la violencia. Quedo claro que se pude botar, a través del voto, a un gobierno impopular.

La izquierda debe sentirse plenamente representada en el gobierno. Nunca había sucedido en nuestro país. Podrán poner en práctica sus anhelos, ideologías y obsesiones. Sólo la terca realidad podrá contradecirlos y determinar el veredicto final sobre su pertinencia, viabilidad y racionalidad. Ya no hay obstáculos; sólo tendrán que sujetarse (esperamos) a restricciones fiscales, a los contrapesos constitucionales, a los establecidas por los mercados y a la propia tolerancia de la sociedad. Dentro de ese estrecho espacio, el nuevo gobierno está obligado a cumplir y a marcar una diferencia obvia con respecto a sus predecesores.

El reto del nuevo gobierno será la tensión entre la moderación e institucionalidad y la radicalidad empujada desde abajo por clientelas, organizaciones y ciudadanos demandantes o enardecidos. Administrarla y encauzarla constructivamente será su mayor desafío, junto con el que plantea el monstruo omnímodo de la delincuencia. De ello dependerá el éxito o fracaso de esta nueva República.

Por fortuna, el nuevo gobierno tomará posesión y partirá de una base de estabilidad económica, equilibrio fiscal y ausencia de apremios presupuestales inmediatos. También, contará con el nuevo entramado institucional de combate a la corrupción y procuración de justicia, que deberá activar. Pero tendrá que asumir en los próximos años el creciente peso de las pensiones del sector público y del servicio de la deuda por un mayor tipo de cambio y tasas de interés. La manera de encarar a Trump y la renegociación del TLCAN marcará también su destino. La ventaja es que, si conserva e instrumenta correctamente las reformas estructurales en energía y educación, se beneficiará de sus frutos.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.