Se aproxima la fecha de las elecciones y de acuerdo con casi todas las encuestas, podemos esperar que cambie el color de las cortinas en Los Pinos, si no es que alguna otra cosa de la decoración, aunque lo que sería muy bueno para el país sería que efectivamente cambiara el gobierno.

Habrá un cambio de partido en el poder, aunque esto no es a lo que nos referimos cuando decimos que convendría un cambio de gobierno.

Desde la época del desarrollo estabilizador, a mediados del siglo pasado, cuando se empezó a disponer de algunas estadísticas confiables acerca de la evolución de las principales variables, los gobiernos en turno han obtenido buenos resultados cuando simplemente se concretan a estabilizar, conteniendo el gasto público y la política monetaria, y los resultados son definitivamente muy buenos cuando esto se combina con un periodo de gran crecimiento en el mundo, en especial en Estados Unidos.

Cuando los gobiernos han decidido que es su turno para actuar, los resultados han sido desastrosos, al menos durante la docena trágica, en la que el actuar gubernamental destrozó mercados, desplazó totalmente al sector privado del escenario, congestionó los mercados financieros y terminó con una de las peores crisis de que tenemos memoria.

Cuando se decidió dar los pasos siguientes para que el país entrara al primer mundo, se modernizara y dejara atrás la pobreza, la tarea era tan abrumadora, con muy poco tiempo y pocas personas en quien confiar para sacar adelante los cambios planteados, que las cosas se hicieron en desorden, algunas extremadamente mal y otras a medias.

Hubo que dedicar un muy buen rato a corregir y estabilizar de nueva cuenta, objetivo que se logró, pero a partir de ahí no ha pasado nada relevante para la economía.

La burocracia ha crecido en forma alarmante, no sólo en el ámbito federal, sino en estados y municipios. Cada nuevo burócrata y legislador que desea amarrar su futuro propone y aprueba leyes, que son trabas inmensas a la flexibilidad de los mercados y al atractivo para invertir, generar empleo formal y elevar la productividad y bienestar de los trabajadores.

Las verdaderas y auténticas funciones gubernamentales, las que justifican su existencia, que son promover un Estado de Derecho amigable con el crecimiento, garantizar la administración de justicia expedita, la seguridad física y de la propiedad, son tareas que han quedado relegadas. Éste sería un cambio verdadero.

mrodarte@eleconomista.com.mx