El cambio climático es el mayor desafío que la humanidad deberá enfrentar durante el siglo XXI, y tendrá consecuencias profundas, no sólo ambientales y económicas, sino también políticas y de seguridad nacional. Esto último se percibe con claridad si consideramos como riesgo a la seguridad nacional cualquier evento o proceso que apunte con degradar de manera drástica las condiciones de vida de sectores importantes de la población; que amenace con limitar sensiblemente la gama de decisiones o el margen de maniobra del Estado; que cuestione la viabilidad a largo plazo de cualquier proyecto nacional, o que plantee un desafío al Estado como representante de la nación y del interés público. El calentamiento global será una fuente inédita de riesgos sistémicos a la seguridad nacional. Los estados, sobre todo en las naciones más vulnerables, como México, deben estar preparados para asumirlos, afrontarlos y mitigarlos a través de nuevas instituciones, infraestructuras, y políticas públicas.

La temperatura de la tierra ya se ha elevado más de 1 grado centígrado en promedio en las últimas décadas, y hacia finales del siglo XXI la temperatura promedio del planeta habrá, probablemente, aumentado entre 3 y 6 grados centígrados. La ciencia del clima no es una ciencia exacta, por lo que todos los escenarios e impactos previstos del cambio climático tienen una mayor o menor probabilidad de ocurrencia en un periodo determinado. Sin embargo, muchos de ellos ya pueden identificarse y documentarse en fases más o menos desarrolladas. Destaca la elevación en el nivel medio del mar, que podría alcanzar entre 0.5 metros o varios metros hacia finales del siglo. Esto implicará el avance de las aguas marinas sobre grandes zonas costeras y la inundación de ciudades y zonas agrícolas, especialmente en los países y regiones más susceptibles a ello, y por tanto el desplazamiento de millones de personas como refugiados climáticos. Esto, a menos que se hayan emprendido obras colosales de infraestructura de protección costera.

Por otro lado, mayores concentraciones de CO2 en la atmósfera significan la acidificación de los océanos, lo cual afecta a una gran diversidad de especies de corales y moluscos, así como a numerosos ecosistemas marinos altamente productivos. El aumento en la temperatura del mar reduce el oxígeno disuelto en el agua, y en consecuencia disminuye la productividad biológica de los océanos, lo que impactará en la industria pesquera y en la muerte masiva de ecosistemas coralinos. Mayores temperaturas harán que muchas especies o ecosistemas que no posean una suficiente capacidad de adaptación o movilidad sean objeto de extinción, por fisiología o acceso a recursos, al igual que por competencia. Todo ello configurará graves consecuencias ecológicas, económicas y sociales. Las mayores temperaturas del mar, especialmente en regiones tropicales y subtropicales, significan mayores disponibilidades de energía para ciclones, huracanes y tifones, con lo cual su intensidad y frecuencia aumenta. Países costeros enfrentarán pérdidas humanas, de activos y de infraestructura crecientes, al tiempo que las compañías aseguradoras confrontarán pérdidas mayores por fenómenos meteorológicos extraordinarios, que se convertirán en la nueva norma. Miles de refugiados desbordarán las capacidades operativas y presupuestales de los gobiernos.

Cambios en patrones de circulación atmosférica provocan sistemas más recurrentes y persistentes de alta presión y por tanto sequías más prolongadas e intensas, que a su vez repercuten en menores disponibilidades de agua y en episodios cada vez más pronunciados de incendios forestales a gran escala, con fuertes impactos en bosques, recursos naturales, propiedades e infraestructura. También se reflejarán en el dislocamiento de la producción y disponibilidad de alimentos, lo que generará nuevas tensiones sociales y políticas. Por su parte, mayores temperaturas harán, en general, que se incremente la evaporación de los océanos, lo que aumentará las concentraciones de vapor de agua en la atmósfera y con ello el potencial de precipitaciones pluviales extremas. Se hará imperativa la necesidad de construir grandes obras de drenaje y de protección contra inundaciones, deslaves y aludes que pondrán en riesgo la vida y la vivienda de miles de personas. Los sistemas de protección civil sufrirán demandas extraordinarias. Por otro lado, aumentos generalizados en las temperaturas promedio en el planeta permitirían que diversos vectores de enfermedades se desplacen o extiendan hacia latitudes más altas, lo que significará nuevas presiones para los sistemas de salud.

Todo esto, agregado y en sinergia, va a representar desafíos descomunales al Estado y a la sociedad. Es fundamental asumir una visión de largo plazo y de integración entre ciencia, ingeniería y política, e iniciar la construcción de las instituciones necesarias de adaptación que permitan mitigar impactos y también los enormes riesgos inherentes a la seguridad nacional.

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Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.