Todo indica que hemos puesto al planeta en un proceso desbocado de calentamiento global, mucho más acelerado que lo previsto. Tal es el caso de incendios nunca experimentados en el Ártico Siberiano (con la liberación de cantidades astronómicas de metano provenientes del permafrost derretido, lo que retroalimenta al calentamiento global); temperaturas récord de más de 32°C y también incendios masivos en Alaska; el derretimiento súbito y sin precedente de Groenlandia; el deshielo generalizado del Ártico; el mes de julio registrado como el mes más caliente en la historia desde que existen mediciones; una más rápida elevación del nivel del mar; incendios forestales cada vez más extensos y devastadores en el oeste de Estados Unidos, así como en Portugal, Francia y España; ciclones de furia creciente; y el aumento promedio en la temperatura del planeta en más de 1.2°C en apenas unas décadas, entre otros signos ominosos. Nos encaminamos a un mundo con temperaturas promedio  entre 4°C y 6°C más elevadas hacia finales del siglo, que configurarán escenarios inimaginables, y todo, de manera vertiginosa en apenas 100 años. De seguir las cosas como van, los costos serán astronómicos, incluyendo al sector financiero y por tanto a la economía global. Esto, entre otros factores, en términos de un derrumbe en la industria de seguros, y de la multiplicación de inversiones y activos varados (stranded assets) en forma de yacimientos de hidrocarburos abandonados, e infraestructura, fábricas, refinerías y equipamiento que quedarán inutilizados.

La industria de seguros es el colchón de amortiguamiento de la economía, que tiene la capacidad de redistribuir riesgos y pérdidas entre diversos actores, así como de dar certeza y respaldo a las operaciones de crédito. Eventos antes extraordinarios (en la cola de las funciones de probabilidad) asociados con el clima se han movido hacia la normalidad (al centro de las funciones); de hecho, en los últimos 30 años las pérdidas por eventos climáticos se han multiplicado por cinco. Las empresas aseguradoras son nodos estratégicos del sistema financiero, ya que sus recursos son reinvertidos en bancos, mercados de dinero y fondos de inversión. Son de una importancia sistémica vital. El incremento exponencial en riesgos catastróficos generado por el calentamiento global pondrá en jaque a la industria de seguros: las primas se harían inalcanzablemente costosas, o de plano, se dejarán de asegurar activos. Todo el sistema de crédito, basado en la existencia de garantías colaterales se derrumbaría o dejaría de funcionar como lo conocemos.

La comunidad internacional y los gobiernos nacionales tendrán dos vías posibles de reacción ante el calentamiento global desbocado. Una sería actuar de manera gradual, pero con firmeza, estableciendo señales e incentivos claros a la descarbonización de la economía, terminando con subsidios a los combustibles fósiles, promulgando un impuesto al carbono creciente y significativo (carbon tax), canalizando una fuerte inversión pública a energías limpias y renovables, logrando deforestación cero y la reforestación a una gran escala territorial, promoviendo y respaldando el mercado de bonos verdes para proyectos de energía renovable y limpia, y una consecuente regulación financiera y compra de bonos gubernamentales por parte de los bancos centrales. De tal suerte, empresas, inversionistas y consumidores alinearían sus decisiones en ese mismo sentido, dando tiempo a la amortización de los activos existentes cancelando nuevas inversiones relacionadas con combustibles fósiles, y al despliegue masivo de nuevas tecnologías de cero emisiones de gases de efecto invernadero (GEI). Se abrirían grandes oportunidades económicas de inversión y desarrollo, mientras que se minimizarían los costos, y las pérdidas podrían ser absorbidas con relativa sencillez por el sistema financiero. La otra vía es la inacción, hasta un punto de no retorno, en pocos lustros, donde las consecuencias devastadoras del calentamiento global obligarían a decisiones multilaterales y nacionales de pánico, radicales y súbitas, para reducir las emisiones de GEI. Muchos billones de dólares en yacimientos y activos relacionados con combustibles fósiles quedarían varados e inutilizables, con pérdidas colosales para empresas, accionistas e inversionistas. Los países y regiones más afectados por el calentamiento global demandarían legalmente a las empresas petroleras, y los jueces les impondrían reparaciones punitivas. Quebrarían empresas, bancos y fondos de inversión, en una crisis equivalente a la Gran Depresión, mucho más grave que la crisis del 2008. El desempleo y el descontento y frustración escalarían a niveles difícilmente manejables para los gobiernos, planteando riesgos inusitados a la seguridad nacional, lo cual se conjugaría en un cóctel mortal con cientos de millones de refugiados climáticos producto de las consecuencias directas del calentamiento global. Los gobiernos y la sociedad, al haberse resistido a una reforma y ajuste progresivos, habrían provocado un escenario dantesco en el mundo. Todos debemos prepararnos para ello, mientras que gobiernos y mercados financieros deben asumir y evaluar cuidadosamente los riesgos inherentes.

Gabriel Quadri de la Torre

Ingeniero Civil y Economista

Verde en Serio

Político, ecologista liberal e investigador mexicano, ha fungido como funcionario público y activista en el sector privado. Fue candidato del partido Nueva Alianza a Presidente de México en las elecciones de 2012.