Lo primero que queda claro en el contexto petrolero actual es que el gobierno mexicano se apresta a hacer otro gran negocio con la compra de coberturas a 49 dólares para el 2016. La mala noticia es que no serán recursos suficientes para paliar los efectos presupuestales en una economía que se mantiene con una alta dependencia de ese tipo de ingresos.

Desde México hay muy poco que hacer para estabilizar los precios internacionales del petróleo. Paradójicamente, la manera de encontrar la paz en el mercado es a través de limitar la producción, pero con la novedad de que el único gran productor que está bombeando menos crudo es México, y lo hace obligado por la mala situación de Pemex.

Y en un mercado tan desordenado entre los productores que buscan sobrevivir a este tiempo de vacas flacas, esa producción que México ha dejado de surtir ha sido absorbida por algún otro productor.

En especial, la estrella energética de la década que a la vuelta de unos cuantos años pasó de ser una nación dependiente de las importaciones a un productor cercano a la autosuficiencia y con posibilidades exportadoras todavía no exploradas.

Estados Unidos hizo lo que tenía que hacer para su causa y el shale oil es la bandera de una revolución que como daño colateral ha dejado un mercado con una sobreoferta de hidrocarburo.

China es la otra pinza del derrumbe petrolero. El gigante asiático avanza lentamente y consume pocas materias primas en comparación con el ritmo que tenía en aquellos trimestres en que crecía a un ritmo de dos dígitos.

Los productores asociados en la Organización de Países Exportadores de Petróleo han demostrado que su músculo es una historia del pasado, de aquellos años 80 en que controlaban el mundo energético.

Hoy lucen descoordinados, envidiosos y nerviosos. No son capaces de ponerse de acuerdo para bajar la producción porque temen que los barriles que dejen de producir, rápidamente serán sustituidos por sus propios socios o por los externos a su cártel.

Es una coyuntura donde hay desgracias del tamaño de Venezuela que ya tenía suficiente desventura con el chavismo de Nicolás Maduro y que se suma esta sequía de su principal fuente de recursos.

Hay otros más resistentes, como Noruega, pero no por ello exentos de presentar problemas financieros que se agravan. Por ello es que ante una situación global incontrolable, como la que vive el mundo petrolero, las soluciones tienen que ser locales.

En México lo deseable es no descontar una reforma fiscal que permita sustituir los ingresos perdidos.

El paquete fiscal vigente desde hace dos años ha suplido muy bien la baja petrolera, pero al recargarse en los contribuyentes de costumbre, está cerca de encontrar un techo de crecimiento de los ingresos tributarios.

Hay un mar de opciones fiscales en México que se pueden explorar, enormes avenidas de evasión que pueden aportar un porcentaje mayor de recaudación para una economía que se mantiene en la cola de los países de la OCDE en materia de cobro de impuestos.

Es solamente un asunto de balanzas entre corregir el problema presupuestal y de deuda que se está gestando, con un costo político de por medio, o seguir por el mismo camino de acumular una carga que será muy onerosa para los que lleguen después del 2018.